ntht/ Mi suegra señaló a mi bebé y me escupió: “Ese niño es demasiado bonito para ser de tu marido”, mientras él dudaba de mí.

PARTE 3

Teresa intentó guardar la fotografía.

Diego puso la mano encima antes de que pudiera hacerlo.

—Déjala.

—No hagas un drama por una foto vieja.

—No estoy hablando de la foto.

Su voz era extrañamente tranquila.

Yo conocía esa calma.

Diego hablaba así cuando estaba tan herido que necesitaba controlar cada palabra para no quebrarse.

El abogado, un hombre de unos sesenta años llamado Ramiro, cerró lentamente la carpeta que tenía frente a él.

—Creo que esto es un asunto familiar —dijo.

Teresa se volvió hacia él.

—¡Usted se queda! Para eso le estoy pagando.

—Me contrató para asesorar sobre una posible controversia de paternidad y una separación. La prueba elimina el primer punto y, respecto a la propiedad, por los documentos que usted misma me mostró, la casa está a nombre de ambos cónyuges.

Lorena miró a su madre.

—¿No dijiste que la casa era de Diego?

Teresa fingió no escuchar.

Ramiro guardó sus cosas.

—Mi recomendación es que no continúe difundiendo acusaciones sin pruebas. Podría meterse en un problema legal.

Después se despidió.

La puerta se cerró.

Quedamos los cuatro alrededor de aquella mesa.

Teresa tomó aire.

—¿Ya están satisfechos? El niño es tuyo. Perfecto. Todos felices.

—No —respondió Diego—. Yo no estoy feliz.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Y ahora qué quieres?

Diego levantó la fotografía.

—Quiero saber por qué.

Teresa chasqueó la lengua.

—Porque siempre fuiste muy sensible.

—No.

—Desde niño todo te afectaba.

—Mamá.

Diego levantó la voz por primera vez.

—Desde que tengo memoria me dijiste que papá era guapísimo y que yo había tenido la desgracia de sacar “la peor parte de la familia”.

Teresa se cruzó de brazos.

—Eran bromas.

—Cuando tenía nueve años no querías que saliera en la foto del aniversario de mis abuelos porque dijiste que parecía enfermo.

Lorena bajó la mirada.

—Cuando tenía doce, me comparaste frente a mis primos con papá.

—No recuerdo eso.

—Yo sí.

Diego comenzó a enumerar episodios.

Una graduación de secundaria.

Una fiesta de quince años de una prima.

Su primer trabajo.

Una novia de preparatoria.

Cada recuerdo contenía la misma frase con palabras diferentes.

“Una muchacha así nunca se fijaría en ti.”

“No eres precisamente guapo.”

“Deberías agradecer cuando alguien te quiera.”

“Tu padre sí podía escoger mujeres.”

Yo sentía un nudo en el estómago.

Muchas cosas de mi esposo cobraban sentido.

Durante nuestro noviazgo, Diego me preguntaba constantemente si estaba segura de querer estar con él.

Cuando nos casamos, pasó semanas convencido de que mis amigos pensaban que yo “podía conseguir algo mejor”.

Cuando nació Emiliano y todos comentaron lo bonito que era, Diego se reía y decía:

—Eso sí lo heredó de su mamá.

Yo creía que era modestia.

No lo era.

Era una herida.

Teresa había repetido durante tantos años que su hijo era inferior que Diego terminó aceptándolo como una verdad.

—Yo solo quería que tuvieras los pies en la tierra —dijo ella.

Diego soltó una carcajada sin alegría.

—¿Destruir la autoestima de un niño es enseñarle humildad?

—No exageres.

—¿Y acusar a mi esposa de engañarme también era para enseñarme humildad?

Teresa miró hacia otro lado.

—El bebé no se parecía a ti.

—Se parece a ti.

Silencio.

Diego puso la fotografía juvenil de su madre junto a una imagen de Emiliano que llevaba en el teléfono.

Incluso Lorena abrió los ojos sorprendida.

Era evidente.

—Mira bien —dijo Diego—. Los mismos ojos. La misma frente. Hasta la forma de las cejas.

Teresa empujó la foto.

—Los bebés cambian.

—Claro que cambian. Pero tú estabas tan desesperada por demostrar que Mariana me había engañado que ni siquiera consideraste que mi hijo pudiera parecerse a su abuela.

Yo intervine.

—No le molestaba que Emiliano no se pareciera a Diego. Le molestaba que fuera bonito.

Teresa me lanzó una mirada feroz.

—Tú no sabes nada de nuestra familia.

—Sé suficiente.

Me acerqué.

—Desde que conocí a Diego usted habla de su esposo como si hubiera sido una estrella de cine y de su propio hijo como si fuera una versión defectuosa.

Lorena se removió incómoda.

—Mariana…

—No, Lorena. Tú también participaste.

Ella me miró.

—Ayer entraste a mi casa a decir que mi hijo llevaba sangre ajena sin tener una sola prueba.

—Yo creí lo que dijo mamá.

—Ese es precisamente el problema.

Lorena se quedó callada.

Diego caminó hasta una vitrina donde Teresa guardaba fotografías antiguas.

Allí estaba el famoso retrato de don Ernesto.

Durante años había escuchado historias sobre aquel hombre.

Según Teresa, había sido elegante, irresistible, admirado por todas.

Diego tomó la foto.

La observó durante varios segundos.

Después soltó una pequeña risa.

—Qué increíble.

—¿Qué? —preguntó Lorena.

Diego levantó el retrato.

—Papá no era como mamá lo describe.

Teresa se puso rígida.

—No hables así de tu padre.

—No estoy hablando mal.

Nos mostró la fotografía.

Era un hombre común.

Rostro ancho.

Nariz recta.

Mandíbula fuerte.

Y cuanto más lo miraba, más evidente resultaba.

Diego se parecía muchísimo a él.

—Tengo su nariz —dijo.

Nadie respondió.

—Y su mandíbula.

Miró otra fotografía.

—Hasta las orejas.

Lorena se acercó lentamente.

—Sí te pareces.

Teresa comenzó a ponerse nerviosa.

—Ya basta de tonterías.

Pero Diego había entendido algo.

—Nunca fue verdad.

—¿Qué cosa?

—Que yo fuera “el raro”.

Su voz se quebró ligeramente.

—Toda mi vida me hiciste creer que papá era un hombre extraordinariamente guapo y que yo había nacido defectuoso.

—No uses palabras que yo nunca dije.

—Dijiste cosas peores.

Teresa intentó tocarle el brazo.

Diego retrocedió.

—No me toques.

Ella quedó paralizada.