PARTE 2
Marianano discutió.
Y eso fue precisamente lo que puso nerviosa a Teresa.
Mientras la suegra ocupaba el estudio como si llevara años viviendo ahí, Mariana entró a su habitación, cerró la puerta y abrió la aplicación bancaria.
Ella y Arturo tenían una cuenta común para gastos del hogar y otra donde habían ido guardando dinero para remodelar la cocina y, algún día, pagar el tratamiento de fertilidad que ambos habían hablado tantas veces.
Mariana miró el saldo.
Volvió a actualizar la pantalla.
Ciento ochenta y siete mil pesos habían desaparecido.
Había tres transferencias.
Todas a nombre de Teresa Hernández.
Sintió que las manos se le enfriaban.
Llamó a Arturo.
—¿Transferiste dinero a tu mamá?
Hubo unos segundos de silencio.
—Luego hablamos.
—Te pregunté algo muy sencillo.
—Sí. Se lo presté.
—¿Ciento ochenta y siete mil pesos?
—Es mi mamá, Mariana.
—También era mi dinero.
Arturo soltó un suspiro de fastidio.
—No empieces. Cuando llegue te explico.
La llamada terminó.
Apenas una hora después, Arturo entró al departamento con un rostro muy distinto al hombre conciliador que Mariana conocía.
—¿Por qué hiciste sentir mal a mi mamá?
Mariana casi rio de incredulidad.
—¿Eso es lo primero que vas a preguntarme?
Teresa apareció detrás de él.
—Yo ya le dije que no quiero problemas. Si mi presencia le molesta tanto, me voy.
Pero no hizo el menor intento por recoger sus cosas.
Arturo abrazó a su madre.
—Tú no te vas a ningún lado.
Entonces miró a Mariana.
—Mamá vendió su casa hace meses. Necesita quedarse con nosotros.
—¿Vendió su casa? ¿Y dónde está el dinero?
Teresa bajó la mirada.
Arturo respondió:
—Tuvo gastos.
—¿Qué gastos?
—No tienes derecho a interrogarla.
Mariana sintió una alarma interior que nada tenía que ver con celos ni con una simple pelea doméstica.
—Entonces dime para qué fueron los ciento ochenta y siete mil pesos.
Arturo apretó la mandíbula.
—Para completar el enganche.
—¿De qué?
Nadie contestó.
Mariana caminó hacia la bolsa que Teresa había dejado abierta junto al sofá.
Sobresalía una carpeta de una inmobiliaria.
Teresa corrió para tomarla, pero Mariana fue más rápida.
Dentro encontró copias de identificaciones, estados de cuenta y una solicitud para comprar un departamento nuevo en Zapopan.
El comprador era Teresa.
Pero entre las hojas había otra cosa.
Una impresión de una solicitud de crédito.
Mariana leyó dos veces su propio nombre.
—¿Por qué estoy aquí?
Arturo palideció.
—Dame esos papeles.
—¿Usaste mis datos?
—No exageres. Solo necesitábamos demostrar más ingresos.
—¿Necesitábamos?
Entonces Mariana vio una hoja con anotaciones hechas a mano.
“Después de autorizar el crédito, cambiar domiciliación.”
“Vender coche de M.”
“Cuando mamá se instale, hablar con Mariana.”
Y al final, una frase subrayada:
“Si se pone difícil, recordarle que Arturo tiene derecho a la mitad del departamento.”
Mariana levantó los ojos.
Teresa había dejado de fingir fragilidad.
—Mija —dijo con una calma que daba más miedo que sus gritos—, en un matrimonio todo se comparte.
Mariana cerró lentamente la carpeta.
Porque acababa de entender que su suegra no había llegado aquella mañana para revisar el polvo.
Había llegado creyendo que el plan ya estaba terminado.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que el departamento escondía un detalle capaz de derrumbar todo lo que habían preparado a espaldas de Mariana…
