PARTE 3
—Mamá, eso es distinto. La empresa es mía.
—Tú la administras.
—Yo la construí.
—Y yo firmé lo que me pusiste enfrente porque confiaba en ti.
Teresa respiró profundamente.
—Hasta que vi que te estabas convirtiendo en tu padre.
Por primera vez en toda la noche, Diego pareció realmente asustado.
—¿Qué hiciste?
Teresa empujó hacia él el documento que había colocado al principio sobre su lista de regalos.
—Esta mañana fui con el notario.
Diego tomó la hoja.
Leyó.
Volvió a leer.
—Revocación de poder…
—Exactamente.
Durante años Diego había utilizado un poder amplio para realizar trámites relacionados con los bienes de Teresa y representar su participación en la empresa.
Ese poder acababa de desaparecer.
—No puedes hacer esto sin avisarme.
—Puedo revocar un poder que yo otorgué cuando quiera.
—¿Y cómo voy a operar la empresa mañana?
—Como socio y empleado, no como dueño absoluto de todo lo que tocas.
—¡Esto es una locura!
—No. Locura fue firmar durante años sin preguntar. Eso lo aprendí demasiado tarde. No voy a cometer el mismo error otra vez.
Diego se pasó ambas manos por el cabello.
—¿Todo esto por Sofía?
Teresa negó lentamente.
—No confundas las cosas. No estoy haciendo esto porque ella sea mi nuera. Lo hago porque tú utilizaste la dependencia económica para humillarla, porque planeaste echarla de una vivienda que ni siquiera te pertenece y porque acabas de presumir que vas a sustituirla por una mujer embarazada como si las personas fueran muebles.
—Es mi hijo el que viene en camino.
—Y ese niño no tiene culpa de nada.
La voz de Teresa se suavizó por primera vez.
—Cumple con él. Protégelo. Sé su padre. Pero no uses a un bebé como excusa para destruir a otros.
Diego miró a Sofía.
—Dile algo. Tú sabes que mi mamá se está dejando llevar.
Sofía no respondió.
Su silencio lo desesperó.
—¡Sofía!
—¿Qué quieres que diga?
—Que esto se salió de control.
Ella miró la lista de regalos.
—Tú empezaste la cena calculando cuánto costaron hasta las sábanas de nuestro matrimonio. Creo que el control se perdió mucho antes.
Teresa abrió una segunda carpeta.
—Y falta una cosa.
Diego cerró los ojos un instante.
—¿Qué más?
—Desde hace semanas estoy revisando los estados de cuenta de la empresa.
Él abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque el contador me llamó.
La expresión de Diego cambió.
—¿Qué te dijo?
—Que aparecían gastos personales cargados como representación comercial.
Teresa sacó varias copias.
Restaurantes.
Un hotel en Puerto Vallarta.
Una joyería.
Muebles.
Un anticipo para la renta de una casa.
—Renata —murmuró Sofía.
Diego se levantó.
—Son gastos que puedo justificar.
—Entonces los justificarás ante el nuevo administrador y el contador —respondió Teresa—. Peso por peso.
—¿Nuevo administrador?
—Desde mañana el despacho contable supervisará los movimientos extraordinarios hasta terminar la revisión.
—¡Vas a destruir la empresa!
—No quiero destruirla. Quiero impedir que sigas tratándola como una extensión de tu cartera.
Diego pateó ligeramente la pata de una silla.
—¡Yo hice crecer ese negocio!
—Y por eso conservarás lo que legalmente te corresponde. Nadie te está robando.
Teresa señaló la lista.
—Curioso que te moleste tanto esa frase.
Diego se quedó sin respuesta.
Sofía miró a su suegra.
Durante años había visto en Teresa a una mujer tranquila, casi resignada. Ahora comprendía que aquella tranquilidad no era debilidad.
Era memoria.
Había pasado décadas observando.
Aprendiendo.
Esperando quizá el día en que tendría suficiente valor para no repetir su propia historia.
Teresa tomó otra hoja.
—Sobre el departamento: mañana tengo cita con el notario.
Diego volvió a ponerse rígido.
—¿Para qué?
—Para iniciar la donación a Sofía.
Sofía la miró sorprendida.
—Teresa…
—Déjame terminar.
—¡No puedes regalarle mi departamento! —gritó Diego.
—No es tuyo.
—¡Yo lo pagué!
—Y voluntariamente aceptaste escriturarlo a mi nombre.
—¡Porque confiaba en ti!
Teresa lo miró con tristeza.
—Ahora entiendes el problema de pedirle a alguien que firme basándose únicamente en confianza.
Diego permaneció callado.
Sofía tomó aire.
—No quiero que haga esto por enojo.
Teresa giró hacia ella.
—No es enojo.
—Sigue siendo su hijo.
—Y seguirá siéndolo mañana.
Diego soltó una risa amarga.
—No parece.
Teresa lo miró.
—Ser tu madre no significa protegerte de todas las consecuencias. Si te cubro después de verte comportarte así, entonces no te estoy amando. Te estoy ayudando a empeorar.
Aquella frase fue la primera que logró bajar el volumen de Diego.
Se sentó otra vez.
Por unos instantes pareció el muchacho que quizá Teresa todavía podía recordar bajo todas aquellas capas de arrogancia.
—¿Me vas a dejar sin casa? —preguntó.
—Tienes ahorros. Tienes ingresos. Tienes participación en una empresa. Puedes rentar.
—Renata está embarazada.
—Entonces deberías haber pensado en dónde vivirían antes de prometerle el departamento de otra persona.
Sofía apartó la mirada para ocultar una sonrisa involuntaria.
No era felicidad.
Era la absurda sensación de ver por fin a Diego obligado a resolver un problema sin que alguna mujer lo resolviera por él.
Él tomó su lista, la dobló y se la guardó en el bolsillo.
—Se van a arrepentir.
Teresa no levantó la voz.
—Quizá. Pero por primera vez en treinta años prefiero arrepentirme de una decisión que tomé yo misma y no de otra que un hombre tomó por mí.
Diego caminó hacia la puerta.
Antes de salir se volvió hacia Sofía.
—No creas que ganaste.
Ella lo miró directamente.
—Esto nunca debió ser una competencia.
Diego cerró la puerta.
Ni siquiera dio un portazo.
Y aquella ausencia de ruido hizo que todo pareciera todavía más definitivo.
Teresa volvió a la mesa.
Sirvió té.
Sofía observó sus manos.
—¿De verdad quiere darme ese departamento?
—Quiero que tengas algo desde donde puedas empezar.
—Pero vale muchísimo.
—Lo sé.
—Diego es su hijo.
Teresa suspiró.
—Y tú no necesitas ser mi hija para merecer que alguien haga lo correcto contigo.
Sofía sintió que la garganta se le cerraba.
No lloró.
Simplemente apretó la taza caliente entre las manos.
Teresa sacó una libreta pequeña.
—Aquí está el número del notario y el de mi abogado. Mañana hablaremos con ellos. Si después de escuchar todo decides que no quieres aceptar, lo respetaré.
Eso hizo que Sofía respirara mejor.
No era una imposición.
Era una opción.
Algo que durante años casi nadie le había ofrecido.
Elegir.
Esa misma noche fue al departamento para recoger documentos y algo de ropa.
Cuando abrió la puerta encontró una maleta beige junto al recibidor.
No era de Diego.
Tampoco de ella.
No necesitó abrirla para saber de quién era.
Renata ya había empezado a instalarse.
Sofía se quedó mirándola unos segundos.
Tres años atrás probablemente habría llamado a Diego gritando.
Aquella noche no.
Entró al dormitorio.
Sacó dos vestidos, su computadora, una caja de papeles y la fotografía de sus padres.
Cuando levantó el marco, recordó a la muchacha de veintiún años que había aceptado la ayuda de Diego porque tenía miedo de quedarse sin un lugar donde dormir.
Durante mucho tiempo había confundido seguridad con amor.
Y gratitud con deuda.
Cerró la maleta.
Antes de salir dejó encendida la lámpara del recibidor.
Diego siempre le reclamaba que olvidaba apagarla.
Esta vez lo hizo a propósito.
Tres días después, Renata descubrió que no podía mudarse.
Teresa había cambiado la autorización de acceso del edificio y había informado a la administración que ninguna persona nueva podía instalarse sin consentimiento de la propietaria mientras Sofía siguiera ocupando legalmente el inmueble.
Diego tuvo que rentar temporalmente un departamento amueblado.
Dos semanas más tarde se completó la revisión interna de la empresa.
No hubo una escena espectacular.
No llegó la policía.
No hubo gritos en una sala llena de gente.
Hubo algo que a Diego le dolió mucho más: límites.
Tuvo que devolver gastos personales cargados a la compañía.
Perdió el uso exclusivo de la camioneta registrada a nombre de Teresa.
Dejó de tener acceso libre a las cuentas que antes manejaba sin supervisión.
Y cada movimiento importante empezó a requerir la firma de otra persona.
El hombre que había organizado la vida de todos descubrió lo desesperante que era no poder decidirlo todo.
Renata tampoco reaccionó como él esperaba.
Cuando comprendió que no habría departamento gratuito, camioneta disponible ni empresa funcionando como una caja personal, empezaron las discusiones.
Pero Sofía decidió mantenerse lejos de esa historia.
No necesitaba saber si Renata se quedaba.
Tampoco necesitaba saber si Diego aprendía algo.
Un mes después, Sofía firmó ante notario la aceptación de la donación.
Teresa insistió en que todos los impuestos, gastos y condiciones quedaran claramente explicados.
