—No. Es culpa de lo que usted hizo.
Las puertas se cerraron.
La fiesta terminó en menos de quince minutos.
Cuando el penthouse quedó vacío, Alejandro regresó al despacho.
Teresa seguía ahí. También Elena, que intentaba acomodar a Sofía dormida sobre el sofá.
Alejandro se detuvo frente a su madre.
Por primera vez en años no parecía un empresario poderoso. Parecía un hijo avergonzado.
—Te prohibí entrar a mi casa —dijo Alejandro—. Te traté como si fueras mi enemiga porque era más cómodo que aceptar que podía estar equivocado.
Teresa le tocó el rostro.
—Yo también cometí errores. Pero tener razón nunca me devolvía a mi hijo.
Alejandro bajó la cabeza.
Teresa lo abrazó.
No fue una reconciliación perfecta. Pero fue el primer gesto verdadero entre ellos en mucho tiempo.
Elena miró hacia otro lado para darles privacidad.
Entonces Sofía abrió los ojos.
—¿Ya no está llorando la señora?
Teresa se separó de su hijo y sonrió entre lágrimas.
—Ya no, mi vida.
—Qué bueno —murmuró Sofía—. Porque llorar cansa.
Volvió a dormirse.
Alejandro soltó una risa breve, quebrada.
Después miró a Elena.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
—Ocho meses.
—No me había dado cuenta de que tenía una hija.
