PARTE 3
Regresamos a Puebla cuando ya estaba oscureciendo.
Durante todo el trayecto Ernesto apenas habló. Llevaba las manos apretadas sobre el volante y cada pocos minutos revisaba su teléfono.
Diego finalmente le había enviado una lista de sus deudas.
No eran las cantidades que había dicho al principio.
Eran casi el doble.
Había créditos personales, pagos atrasados de las camionetas, préstamos rápidos con intereses altísimos y dinero que debía a dos proveedores.
Pero lo que más enfureció a Ernesto fue descubrir para qué había utilizado parte de esos préstamos.
No todo había ido al negocio.
Meses antes, Diego había cambiado de automóvil porque decía que necesitaba “dar una imagen profesional”. También había rentado una oficina mucho más cara de lo necesario y pagado unas vacaciones familiares con tarjeta mientras ya debía dinero a sus trabajadores.
Ernesto dejó el teléfono sobre la mesa.
—Todo este tiempo pensé que estaba luchando por mantener vivo el negocio.
Yo no dije nada.
—Y resulta que seguía gastando como si le estuviera yendo bien.
—Tal vez tenía miedo de aceptar que había fracasado.
—¿Y por eso pensó que podía vender tu casa?
—No podía venderla. Pero creyó que tú conseguirías convencerme.
Ernesto bajó la cabeza.
Eso era precisamente lo que más le dolía.
Diego había dado por hecho que su padre resolvería otra vez el problema.
Porque durante años así había ocurrido.
Cuando rompió su primera camioneta, Ernesto pagó la reparación.
Cuando abandonó un empleo porque quería emprender, Ernesto cubrió algunos meses de renta.
Cuando su negocio de refacciones fracasó, Ernesto le prestó dinero.
Después llegó una página de ventas que nunca produjo ganancias.
Más tarde, otro proyecto.
Cada ayuda parecía razonable por separado.
Juntas habían creado una costumbre peligrosa.
Diego cometía errores.
Ernesto llegaba con dinero.
Y la vida continuaba sin que nadie tuviera que mirar demasiado tiempo las consecuencias.
—Lo hice por amor —murmuró mi esposo.
—Lo sé.
—Pero quizá lo he estado dañando.
Aquella noche llamó a su hijo.
—Mañana vienes a la casa.
Diego apareció cerca del mediodía.
Se veía agotado. Tenía barba de varios días, los ojos rojos y una camisa arrugada.
Ni siquiera se sentó antes de empezar.
—Papá, todavía estamos a tiempo. Tengo un interesado dispuesto a pagar rápido. No entiendo por qué Valeria hace tanto drama por una casa vieja que utiliza dos días a la semana.
Respiré profundamente.
Ernesto levantó una mano.
—No vuelvas a hablar así de esa propiedad.
Diego lo miró sorprendido.
—¿Ahora estás de su lado?
—No hay lados. La casa es de ella.
—Pero somos familia.
Ernesto soltó una risa amarga.
—Eso mismo dije yo.
Diego caminó nervioso por la sala.
—Si me quitan las camionetas, pierdo los contratos.
—Entonces perderás las camionetas.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No voy a hipotecar mi departamento. Valeria no venderá su casa. Y tampoco voy a sacar otro préstamo para rescatarte.
—¿Me vas a dejar quebrar?
—Voy a dejar que enfrentes tu situación.
Diego golpeó la mesa con la palma.
—¡Soy tu hijo!
—Y precisamente porque eres mi hijo debí hacer esto hace diez años.
La frase lo dejó sin palabras.
Ernesto sacó una libreta.
Había pasado parte de la noche haciendo cuentas.
Le explicó que vendería un pequeño garaje que tenía desde hacía años y que casi no utilizaba. Una parte del dinero serviría para pagar una deuda urgente con uno de los proveedores.
Pero no sería un regalo.
Quedaría registrado como préstamo.
Diego tendría que vender su automóvil, devolver una de las camionetas arrendadas, cancelar la oficina costosa y negociar la reestructuración de sus créditos.
También tendría que conseguir empleo si el negocio dejaba de ser viable.
—¿Quieres que termine de chofer?
—Quiero que trabajes.
—Tengo una empresa.
—Tienes deudas.
Diego me miró, esperando quizá que yo interviniera.
No lo hice.
Después intentó otra estrategia.
—Valeria, tú sabes que yo siempre te he respetado.
Lo miré directamente.
—Hace tres días estabas ofreciendo mi propiedad a compradores sin siquiera hablar conmigo.
Bajó la mirada.
—Estaba desesperado.
—La desesperación explica algunas cosas. No las convierte en correctas.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente Diego se dejó caer en una silla.
La arrogancia desapareció.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
—No sé cómo salir de esto.
Aquella fue la primera frase verdaderamente sincera que pronunció desde que había llegado.
Ernesto se sentó frente a él.
—Entonces empezamos por ahí.
No solucionaron las deudas aquella tarde.
No ocurrió ningún milagro.
Nadie apareció con un cheque.
Ningún negocio misterioso produjo de pronto una fortuna.
Pasaron casi cuatro horas revisando números.
Descubrieron qué préstamos tenían intereses más altos, qué pagos podían renegociarse y qué gastos debían desaparecer de inmediato.
Diego lloró de rabia una vez.
Después de vergüenza.
Luego volvió a discutir.
Pero al final aceptó que mantener dos camionetas ya era imposible.
También aceptó vender su automóvil.
Cuando empezó a oscurecer, me levanté y calenté una olla de caldo de pollo que había preparado el día anterior.
Le serví un plato.
Diego me observó sorprendido.
—Después de todo esto… ¿todavía me das de comer?
—Una cosa no tiene que ver con la otra.
Se quedó mirando el caldo.
—Perdón por lo de la casa.
No respondí inmediatamente.
—No necesito que me pidas perdón porque tu negocio esté mal. Necesito que entiendas por qué no tenías derecho a disponer de algo que no era tuyo.
Asintió.
Por primera vez parecía un hombre cansado de treinta y ocho años y no un muchacho esperando que su padre arreglara el mundo.
Durante los meses siguientes las cosas fueron difíciles.
Diego entregó una camioneta.
Perdió uno de sus contratos.
Vendió el automóvil que tanto presumía y comenzó a moverse en un vehículo usado mucho más sencillo.
Cerró la oficina y trasladó la administración del negocio a una habitación de su casa.
Dos empleados se marcharon.
Él mismo empezó a realizar entregas.
Hubo semanas en que pensó seriamente en cerrar.
Pero algo cambió.
Por primera vez sabía exactamente cuánto debía.
Cada peso que entraba tenía un destino.
Ernesto seguía ayudándolo, pero ya no sacando dinero de cualquier parte.
Lo acompañaba a reuniones con el banco.
Le ayudaba a revisar contratos.
Le hacía preguntas incómodas.
—¿Puedes pagarlo?
—¿De verdad lo necesitas?
—¿Qué pasa si el próximo mes vendes menos?
Diego odiaba algunas de aquellas conversaciones.
Pero comenzó a necesitarlas.
Una mañana de junio, unas semanas después de nuestra pelea, estaba preparando mi mochila para ir a Atlixco cuando Ernesto apareció usando unos pantalones viejos y una gorra.
—¿A qué hora nos vamos?
Lo miré.
—¿Nos?
—Compré unas bisagras.
—¿Bisagras?
—Ese portón parece que despierta a todo Puebla cada vez que lo abres.
No pude evitar sonreír.
Durante años Ernesto había ido a la casa apenas un par de veces.
Ahora llevaba una caja de herramientas.
Al llegar, pasó casi una hora peleándose con los tornillos del portón.
Perdió dos veces el desarmador entre el pasto y culpó al fabricante de las bisagras por cosas que claramente eran culpa suya.
Yo lo escuchaba desde el jardín.
—¿Quieres ayuda?
—No.
Cinco minutos después:
—Valeria…
—¿Sí?
—¿Dónde guardas el martillo?
Me reí.
Al mediodía comimos quesadillas bajo la sombra de uno de los durazneros.
Después Ernesto se quedó observando una rama gruesa que estaba demasiado inclinada.
—Hay que ponerle soporte.
—Llevo meses diciendo que voy a hacerlo.
—El próximo sábado traigo madera.
No dije nada.
Aquella frase sencilla significaba mucho más de lo que parecía.
“El próximo sábado”.
Ya estaba pensando en volver.
Antes de irnos reparó también un escalón de la entrada.
Cuando retiró la madera vieja, la sostuvo un momento.
—Pregunta importante.
—¿Qué?
—¿Esto es una tabla cualquiera o tiene algún significado sentimental que desconozco?
Lo miré seria durante unos segundos.
Luego solté una carcajada.
—Es una tabla podrida, Ernesto.
—Perfecto. Porque ya estaba preocupado de cometer otro crimen contra la memoria familiar.
La arrojó al montón de madera.
Fue la primera vez que pudimos bromear sobre lo ocurrido.
A finales del verano Diego llegó inesperadamente a la propiedad.
Traía ropa de trabajo.
—Mi papá dijo que necesitaban mover unas cosas.
Ernesto fingió sorpresa.
—Yo no dije nada.
—Sí dijiste.
—No recuerdo.
—Me mandaste tres mensajes.
—Ah, bueno.
Diego puso los ojos en blanco.
Terminamos trabajando los tres.
Al principio él parecía incómodo.
Quizá porque aquella era la casa que había querido convertir en dinero.
Mientras limpiábamos una pequeña bodega encontró otra fotografía antigua.
Yo aparecía de niña junto a mis padres, sosteniendo una cubeta casi tan grande como yo.
—¿Tú eres esta?
—Sí.
Sonrió.
—Tenías el mismo carácter.
—¿Cómo sabes?
—Tu cara dice que alguien intentó quitarte la cubeta y sobrevivió de milagro.
Me reí.
Un rato después se puso serio.
—Ahora entiendo un poco más.
—¿Qué cosa?
Miró alrededor.
—Por qué no querías vender.
—No necesitabas entenderlo para respetarlo.
—Ya lo sé.
Aquella respuesta me gustó más que cualquier disculpa.
No todo terminó perfectamente.
El negocio de Diego sobrevivió, pero mucho más pequeño.
Tardó más de un año en estabilizar sus cuentas.
El garaje que Ernesto vendió ayudó a pagar una parte de las obligaciones más urgentes, pero Diego devolvía cada mes una cantidad acordada.
Algunas veces se retrasaba.
Entonces llamaba antes.
Eso también era nuevo.
Ya no desaparecía cuando había problemas.
Ya no inventaba historias.
Ya no prometía que “el próximo gran contrato” resolvería todo.
Un domingo de octubre estábamos Ernesto y yo recogiendo duraznos cuando él se quedó mirando la casa.
Las bugambilias cubrían parte de una pared.
El portón ya no rechinaba.
El escalón nuevo se había oscurecido con las lluvias.
Junto al árbol más viejo estaba el soporte de madera que Ernesto había construido.
Nos sentamos en el porche con café.
—¿Sabes algo? —dijo.
—¿Qué?
—Antes veía este lugar y pensaba: terreno, construcción vieja, mantenimiento, impuestos.
—Muy romántico.
Sonrió.
—Ahora veo a tu papá levantando esa mesa. A tu mamá plantando flores. Te veo a ti viniendo aquí cuando no podías respirar después de perderlos.
Guardó silencio unos segundos.
—Y me da vergüenza haber pensado que podía convertir todo eso en dinero para tapar un problema que ni siquiera habíamos causado.
Tomé su mano.
—Lo importante es que lo entendiste.
—Casi demasiado tarde.
—Pero lo entendiste.
Ernesto miró hacia el jardín.
—También entendí algo sobre Diego.
Esperé.
—Yo siempre decía que lo rescataba porque era su padre. Pero a veces no estaba evitando que él sufriera. Estaba evitando sentirme yo culpable.
Aquello me sorprendió.
—Si él fracasaba, yo sentía que había fallado como padre. Así que pagaba, arreglaba, resolvía… y podía seguir diciéndome que todo estaba bien.
—Hasta que dejó de estarlo.
—Exacto.
En ese momento escuchamos un automóvil detenerse afuera.
Era Diego.
Bajó con su esposa y su hija pequeña.
Traía una caja.
—¿Qué es eso? —preguntó Ernesto.
—No te emociones. No es dinero.
Dentro había nuevas herramientas de jardinería.
—La otra vez vi que las tijeras de Valeria estaban para llorar.
