ntht/ Mi hijastro de casi cuarenta años fracasó otra vez en los negocios y, en lugar de asumir sus deudas, convenció a mi esposo de poner en venta la casa que heredé de mis padres. “Total, tú ni la necesitas tanto”, se burló cuando protesté. Fingí no saber hasta dónde habían llegado y fui a comprobarlo personalmente… pero entonces apareció un mensaje que demostraba que ya habían negociado incluso la fecha del anticipo sin contar conmigo.

PARTE 3

—Estaba desesperado.

—La desesperación explica algunas cosas. No las convierte en correctas.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente Diego se dejó caer en una silla.

La arrogancia desapareció.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

—No sé cómo salir de esto.

Aquella fue la primera frase verdaderamente sincera que pronunció desde que había llegado.

Ernesto se sentó frente a él.

—Entonces empezamos por ahí.

No solucionaron las deudas aquella tarde.

No ocurrió ningún milagro.

Nadie apareció con un cheque.

Ningún negocio misterioso produjo de pronto una fortuna.

Pasaron casi cuatro horas revisando números.

Descubrieron qué préstamos tenían intereses más altos, qué pagos podían renegociarse y qué gastos debían desaparecer de inmediato.

Diego lloró de rabia una vez.

Después de vergüenza.

Luego volvió a discutir.

Pero al final aceptó que mantener dos camionetas ya era imposible.

También aceptó vender su automóvil.

Cuando empezó a oscurecer, me levanté y calenté una olla de caldo de pollo que había preparado el día anterior.

Le serví un plato.

Diego me observó sorprendido.

—Después de todo esto… ¿todavía me das de comer?

—Una cosa no tiene que ver con la otra.

Se quedó mirando el caldo.

—Perdón por lo de la casa.

No respondí inmediatamente.

—No necesito que me pidas perdón porque tu negocio esté mal. Necesito que entiendas por qué no tenías derecho a disponer de algo que no era tuyo.

Asintió.

Por primera vez parecía un hombre cansado de treinta y ocho años y no un muchacho esperando que su padre arreglara el mundo.

Durante los meses siguientes las cosas fueron difíciles.

Diego entregó una camioneta.

Perdió uno de sus contratos.

Vendió el automóvil que tanto presumía y comenzó a moverse en un vehículo usado mucho más sencillo.

Cerró la oficina y trasladó la administración del negocio a una habitación de su casa.

Dos empleados se marcharon.

Él mismo empezó a realizar entregas.

Hubo semanas en que pensó seriamente en cerrar.

Pero algo cambió.

Por primera vez sabía exactamente cuánto debía.

Cada peso que entraba tenía un destino.

Ernesto seguía ayudándolo, pero ya no sacando dinero de cualquier parte.

Lo acompañaba a reuniones con el banco.

Le ayudaba a revisar contratos.

Le hacía preguntas incómodas.

—¿Puedes pagarlo?

—¿De verdad lo necesitas?

—¿Qué pasa si el próximo mes vendes menos?

Diego odiaba algunas de aquellas conversaciones.

Pero comenzó a necesitarlas.

Una mañana de junio, unas semanas después de nuestra pelea, estaba preparando mi mochila para ir a Atlixco cuando Ernesto apareció usando unos pantalones viejos y una gorra.

—¿A qué hora nos vamos?

Lo miré.

—¿Nos?

—Compré unas bisagras.

—¿Bisagras?

—Ese portón parece que despierta a todo Puebla cada vez que lo abres.

No pude evitar sonreír.

Durante años Ernesto había ido a la casa apenas un par de veces.

Ahora llevaba una caja de herramientas.

Al llegar, pasó casi una hora peleándose con los tornillos del portón.

Perdió dos veces el desarmador entre el pasto y culpó al fabricante de las bisagras por cosas que claramente eran culpa suya.

Yo lo escuchaba desde el jardín.

—¿Quieres ayuda?

—No.

Cinco minutos después:

—Valeria…

—¿Sí?

—¿Dónde guardas el martillo?

Me reí.

Al mediodía comimos quesadillas bajo la sombra de uno de los durazneros.

Después Ernesto se quedó observando una rama gruesa que estaba demasiado inclinada.

—Hay que ponerle soporte.

—Llevo meses diciendo que voy a hacerlo.

—El próximo sábado traigo madera.

No dije nada.

Aquella frase sencilla significaba mucho más de lo que parecía.

“El próximo sábado”.

Ya estaba pensando en volver.

Antes de irnos reparó también un escalón de la entrada.

Cuando retiró la madera vieja, la sostuvo un momento.

—Pregunta importante.

—¿Qué?

—¿Esto es una tabla cualquiera o tiene algún significado sentimental que desconozco?

Lo miré seria durante unos segundos.

Luego solté una carcajada.

—Es una tabla podrida, Ernesto.

—Perfecto. Porque ya estaba preocupado de cometer otro crimen contra la memoria familiar.

La arrojó al montón de madera.

Fue la primera vez que pudimos bromear sobre lo ocurrido.

A finales del verano Diego llegó inesperadamente a la propiedad.

Traía ropa de trabajo.

—Mi papá dijo que necesitaban mover unas cosas.

Ernesto fingió sorpresa.

—Yo no dije nada.

—Sí dijiste.

—No recuerdo.

—Me mandaste tres mensajes.

—Ah, bueno.

Diego puso los ojos en blanco.

Terminamos trabajando los tres.

Al principio él parecía incómodo.

Quizá porque aquella era la casa que había querido convertir en dinero.