PARTE 3
—Empecemos por lo sencillo —dije.
Puse tres hojas sobre la mesa del porche.
Don Ernesto miró la primera como si fuera una citación judicial.
—El cuarto del limonero, el que usted eligió, tiene una grieta en el muro exterior. Antes de repararla hay que retirar tierra y limpiar el cimiento. Son varios metros de zanja.
Mi suegro se llevó una mano a la cintura.
—Yo ya no estoy para andar cavando.
—Qué raro —contesté—. La semana pasada sí estaba para arrancar mis jitomates con una pala.
Daniel bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Raúl tomó la segunda hoja.
—¿Y esto?
—La bodega. Hay madera vieja, cajas húmedas y muchas cosas que ustedes fueron metiendo. Tú dijiste que este lugar era de todos, así que pensé que podrías empezar mañana temprano.
—Pero yo vine a descansar.
—Yo también. Ésa era la idea cuando arreglamos esta casa.
Patricia cruzó los brazos.
—Seguro a mí me vas a poner a lavar baños.
—No. A ti te toca deshierbar alrededor del invernadero, lavar charolas de cultivo y revisar las mangueras.
—Laura, estás haciendo un drama.
—Todavía no llegamos al dinero.
Abrí la última sección de la carpeta.
Ahí sí se hizo silencio.
—En dos años, Daniel y yo gastamos más de doscientos ochenta mil pesos en dejar esta propiedad como la ven. Sólo este año llevamos sesenta y cuatro mil entre predial, bomba de agua, impermeabilización, materiales y mantenimiento. Si quieren usarla como casa de verano, guardar cosas aquí, consumir agua, luz, gas y llevarse la cosecha, también les corresponde aportar.
Raúl soltó una risa nerviosa.
—No inventes.
—Hice la cuenta. Su parte de esta temporada serían treinta y dos mil pesos entre los tres.
Don Ernesto abrió los ojos.
—¿Treinta y dos mil?
—Y eso sin contar el trabajo.
Patricia me miró como si acabara de insultarla.
—¿Nos estás cobrando por venir a verlos?
—No. Les estoy cobrando por instalarse sin permiso.
—¡Somos familia!
—Precisamente. Una familia decente no convierte la propiedad de otra persona en un club gratuito.
Patricia volteó hacia Daniel.
—Dani, dile algo.
Él se sentó a mi lado.
—Laura tiene razón.
Mi cuñada palideció.
—Desde que te casaste con ella ya ni pareces hermano de Raúl.
Raúl golpeó la mesa.
—Tampoco estamos viviendo aquí.
Miré las maletas junto a la puerta, la hielera de don Ernesto y el asador que llevaban dejando cada fin de semana.
—Entonces será facilísimo llevarse todo hoy.
Nadie respondió.
Aquello resumía el problema. Cuando querían quedarse, eran “familia”. Cuando había gastos, eran “visitas”. Cuando cosechaban lo que yo sembraba, era “para que no se desperdiciara”. Cuando protestaba, yo era la mezquina.
Así que dejé de discutir sentimientos y puse reglas.
—Desde hoy nadie entra sin avisar. Nadie guarda ropa aquí. Nadie toca el huerto. Nadie invita gente. Si quieren venir, preguntan antes.
Don Ernesto se levantó.
—En mis tiempos no se trataba así a la familia.
—En sus tiempos, ¿usted llegaba a casa de sus hermanos a escoger dormitorio sin preguntar?
Se quedó callado.
Patricia recogió su bolsa.
—Vámonos, Raúl. No pienso quedarme donde me hacen sentir incómoda.
En menos de diez minutos cargaron todo. Don Ernesto recordó que le dolía la espalda. Patricia dijo que habían dejado solo al perro. Raúl metió el asador en la camioneta.
Habían llegado preparados para quedarse dos días.
Se fueron antes de que anocheciera.
Pensé que el asunto había terminado.
El domingo, mi suegra, doña Carmen, llamó a Daniel.
No había participado en aquellas visitas porque estaba cuidando a una hermana, pero Patricia ya le había contado su versión.
En esa versión yo había “corrido” a la familia y les había exigido dinero por sentarse en mi jardín.
Daniel puso el altavoz.
—Hijo, tu papá está muy dolido —dijo doña Carmen—. Una casa de campo es para compartir.
Daniel me miró.
—Mamá, la casa es de Laura. Papá entraba sin avisar, movía plantas y escogió un cuarto como si fuera suyo.
—Pero no son extraños.
Me acerqué al teléfono.
—Doña Carmen, estoy de acuerdo en compartir.
Ella suspiró, aliviada.
—Eso digo.
—De hecho, el próximo mes hay mantenimiento. Si quiere, le mando la lista para que escojan qué gasto desean cubrir.
Hubo silencio.
—Ay, Laura, yo no hablo de eso.
—Yo sí. Si la casa es de todos para disfrutarla, también debería ser de todos para mantenerla.
Daniel tuvo que taparse la boca para no reír.
Mi suegra cambió de tono.
—Bueno… quizá se confiaron demasiado.
Fue la primera vez que alguien de esa familia admitió algo.
Dos días después, Patricia me escribió para recoger sus cosas.
Le dije que viniera a las seis, cuando estuviéramos en casa.
Llegó sola y fue directo al dormitorio. Mientras llenaba una maleta, vi dentro del clóset dos frascos de chiles en conserva que yo había preparado.
—Eso se queda —dije.
—Son dos frascos.
—Son míos.
—De verdad vas a pelear por eso.
—No estoy peleando. Estoy poniendo un límite.
Patricia dejó los frascos sobre la cama.
—Antes eras diferente.
—Sí. Antes me daba pena decir que no.
Cerró la maleta con fuerza.
—Mi familia siempre ha sido muy unida.
—Unida no significa que todo lo mío sea de ustedes.
