PARTE 3
—Daniel no quiere divorciarse de ti.
Miré a Teresa pensando que había escuchado mal.
Los trabajadores continuaban moviéndose en el pasillo, pero sus voces parecían lejanas. Solo podía escuchar los latidos de mi corazón.
—¿Cómo que no quiere divorciarse? Él fue quien lo pidió.
Teresa suspiró.
—Porque está convencido de que tú quieres irte y no tienes el valor de decírselo.
Sentí que las piernas me fallaban y me senté en el sofá.
—Eso no tiene sentido.
—Para él sí.
Teresa se sentó frente a mí.
Me contó que Daniel llevaba meses llegando a su casa algunas noches después del trabajo. Al principio ella pensó que simplemente estaba cansado, hasta que un domingo lo encontró sentado en su cocina, completamente destruido.
—Me dijo: “Mamá, Mariana ya no es feliz conmigo”.
Según Teresa, Daniel había empezado a notar cada comentario que yo hacía.
Que nuestro matrimonio era aburrido.
Que ya no sentía emoción.
Que otras parejas viajaban más.
Que él nunca tenía celos.
Que parecía mi hermano, mi compañero de departamento o incluso mi padre.
Frases que para mí habían sido simples reclamos se habían convertido, para él, en pruebas de que estaba fracasando como esposo.
—Le dije que hablara contigo —continuó Teresa—. Pero tu marido tiene un defecto enorme: cree que amar significa sacrificarse en silencio.
Me cubrí el rostro.
Recordé todas las veces que Daniel llegaba tarde.
Yo había pensado que huía de mí porque ya no me amaba.
La realidad era exactamente la contraria.
—Empezó a trabajar más porque estar contigo le dolía —explicó Teresa—. Decía que podía soportar perderte, pero no soportaba verte resignarte a una vida que no querías.
—¿Y tú estuviste de acuerdo con el divorcio?
Mi pregunta salió más dura de lo que pretendía.
Teresa negó inmediatamente.
—Me enojé muchísimo con él. Le dije que era un cobarde. Una pareja habla antes de rendirse. Pero también entendí su miedo.
Me miró directamente.
—Mariana, mi hijo cree que eres demasiado buena para él.
Aquello terminó de romperme.
Durante meses yo había pensado exactamente lo contrario: que Daniel ya no me deseaba porque yo había dejado de ser suficiente.
Dos personas viviendo bajo el mismo techo, amándose y creyendo simultáneamente que el otro ya no sentía nada.
—¿Dónde está?
—Trabajando.
Saqué mi teléfono.
Mis manos temblaban tanto que marqué mal el número dos veces.
Cuando finalmente escuché su voz, casi no pude hablar.
—¿Mariana? ¿Pasó algo?
Incluso separado de mí, su primera pregunta fue si yo estaba bien.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Necesito verte.
Hubo silencio.
—Nuestra cita con los abogados es hasta la próxima semana.
—No quiero hablar con ningún abogado. Quiero hablar contigo.
Otro silencio.
—Estoy en el departamento.
Escuché un ruido al otro lado.
—¿Ya regresaste?
—Sí.
—Pensé que volverías el domingo.
—Yo también.
Respiré profundamente.
—Daniel, por favor ven.
Esta vez su voz cambió.
—Voy para allá.
Teresa se levantó.
—Yo me llevo a los trabajadores.
—Pero todavía no terminan.
Mi suegra miró el papel tapiz medio arrancado y sonrió.
—Tengo la sensación de que esa pared puede esperar.
Antes de salir me abrazó.
—No busques las palabras perfectas. Solo dile la verdad.
Media hora después sonó el timbre.
Abrí.
Daniel estaba frente a mí con la misma camisa azul que llevaba muchas veces a la oficina. Tenía ojeras profundas y parecía haber adelgazado.
Sostenía un ramo de flores.
No rosas.
Alcatraces.
Mis favoritas.
Nos quedamos mirándonos.
—Hola —dijo.
—Hola.
Levantó ligeramente el ramo.
—Pasé por una florería.
Aquella explicación absurda casi me hizo llorar.
Daniel entró y vio el pasillo.
—¿Mi mamá empezó lo del papel?
Asentí.
—Sí.
—Bueno… al menos eso quedará listo.
—¿Para quién?
Me miró confundido.
—Para ti.
—¿Y tú?
Bajó la mirada.
—Buscaré otro lugar.
Ahí perdí el control.
—¡¿Por qué haces esto?!
Daniel levantó la cabeza.
—¿Hacer qué?
—¡Dejarme el departamento! ¡Cambiar una pared porque alguna vez dije que no me gustaba! ¡Traerme flores mientras estamos divorciándonos! ¿Por qué sigues cuidándome si quieres desaparecer de mi vida?
Su rostro se endureció.
—Porque divorciarme de ti no significa dejar de amarte.
El silencio fue devastador.
Dejó las flores sobre la mesa.
—Yo nunca quise que esto terminara, Mariana.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Daniel apretó los labios.
Durante unos segundos volvió a ser aquel hombre que evitaba hablar de sus sentimientos.
Pero esta vez no lo permití.
—Dímelo.
Finalmente me miró.
Tenía los ojos húmedos.
—Porque estaba cansado de verte infeliz.
Se pasó una mano por el cabello.
—Cada vez que decías que querías sentir algo diferente, yo entendía perfectamente lo que significaba. Tú querías un hombre que te sorprendiera, que fuera intenso, espontáneo… y yo nunca he sido así.
—Daniel…
—Déjame terminar.
Su voz se quebró.
—Intenté cambiar. Busqué restaurantes, pensé en viajes sorpresa, hasta le pregunté a un compañero cómo demonios se organiza una cena romántica.
A pesar de las lágrimas, casi sonreí.
—¿Tú hiciste eso?
—Sí. Fue humillante.
Soltamos una pequeña risa nerviosa.
Pero enseguida volvió a ponerse serio.
—Después entendí que fingir ser otra persona tampoco solucionaría nada. Así que pensé que, si realmente te amaba, tenía que dejarte encontrar la vida que querías.
Me acerqué.
—¿Por eso pediste el divorcio?
Asintió.
—Creí que algún día conocerías a alguien capaz de darte todo eso. Y me odié por pensarlo, pero prefería imaginarte feliz con otro hombre que infeliz conmigo.
Entonces lloré.
No elegantemente.
No como la mujer fuerte que había imaginado ser durante meses.
Lloré con el maquillaje corriéndome por el rostro.
—Eres un idiota.
Daniel parpadeó.
—Bueno… probablemente.
—Y yo soy todavía más idiota.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Me fui a Puerto Vallarta convencida de que necesitaba aprender a vivir sin ti.
—¿Y pudiste?
Negué.
—Aprendí exactamente lo contrario.
Le conté sobre Lorena.
Sobre su esposo.
Sobre sus hijos.
Sobre aquella conversación absurda que terminó obligándome a revisar mi propio matrimonio.
Después le recordé mi accidente.
—¿Sabes qué recuerdo de cuando me rompí la pierna?
Daniel se encogió de hombros.
—Que odiabas la comida del hospital.
—Recuerdo que estuviste conmigo.
—Era mi obligación.
—No.
Tomé sus manos.
—Ese es precisamente el problema. Tú llamas obligación a todo lo que haces por amor.
Daniel quedó inmóvil.
—Cuando estaba enferma, estuviste conmigo. Cuando estudiaba mi diplomado y quería renunciar, tú imprimías mis trabajos a las dos de la mañana. Cuando mi papá tuvo problemas económicos, jamás me reclamaste por ayudarlo. Cuando yo llegaba agotada, tú dejabas café listo para la mañana siguiente.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Yo decía que quería pasión porque tenía una idea infantil del amor. Pensaba que amar era tener mariposas todos los días, pelear, reconciliarse, recibir flores enormes y sentir celos.
Apreté sus manos.
—Pero cuando imaginé una vida en la que tú ya no estabas, entendí qué era lo que realmente tenía.
Daniel apenas respiraba.
—Tú eras mi tranquilidad.
—¿Eso es bueno?
Solté una risa entre lágrimas.
—Es lo mejor que alguien me ha dado.
Entonces dije las palabras que debí haber dicho mucho antes.
—Te amo.
Daniel cerró los ojos.
—Mariana…
—Te amo. Y no quiero divorciarme.
Abrió los ojos de golpe.
—No digas eso solo porque tienes miedo.
—No tengo miedo de estar sola.
Respiré profundamente.
—Tengo miedo de haber destruido algo verdadero buscando algo imaginario.
Lo abracé.
Durante un instante Daniel permaneció rígido, como si todavía no se permitiera creerme.
Después sentí sus brazos rodearme.
Y aquel hombre tranquilo, controlado, aparentemente incapaz de grandes emociones comenzó a llorar sobre mi hombro.
—Pensé que te había perdido —susurró.
—Casi lo hicimos.
Nos quedamos abrazados varios minutos.
Después nos sentamos a hablar.
Pero esta vez hablamos de verdad.
Daniel admitió que había cometido otro error.
—Nunca te dije que tus comentarios me lastimaban porque tenía miedo de parecer inseguro.
—Y yo nunca te dije que me sentía sola. Esperaba que lo adivinaras.
—Somos bastante malos comunicándonos para dos personas que hablan tanto.
