PARTE 2
—¿Quiere que vuelva con él? —pregunté.
Teresa soltó una risa seca.
—No confundas regresar al departamento con regresar con mi hijo.
Entonces me contó lo sucedido.
Esa mañana había entrado con su propia llave. Encontró platos sucios, cajas de pizza, ropa tirada y a Javier acostado frente al televisor a las 11:30, viendo un partido repetido.
Cuando preguntó por mí, Javier respondió orgulloso:
—La puse en su lugar. Se estaba sintiendo dueña de todo, así que la corrí.
Teresa cerró los ojos al repetirlo.
—Mariana, administré condominios durante 27 años. He lidiado con vecinos morosos, fugas de agua, pleitos por estacionamientos y tipos que pensaban que podían intimidarme. Pero aparentemente cometí el error más grande dentro de mi propia familia.
—¿Cuál?
—Facilitarle demasiado la vida a mi hijo.
Después deslizó una carpeta hacia mí.
Dentro estaba la escritura del departamento.
Propietaria: Teresa Hernández Salgado.
También había documentos de un Mazda que Javier presumía como suyo.
Propietaria: Teresa.
—Le presté ese coche para que pudiera trabajar —explicó—. Luego dejó aquel empleo diciendo que su jefe “no valoraba su talento”. Desde entonces lleva ocho meses buscando el trabajo perfecto mientras tú cubres casi todo.
Me quedé callada.
Yo sabía que Javier estaba desempleado.
Lo que no sabía era que Teresa llevaba meses depositándole $8,000 pesos adicionales para “ayudarlos con los gastos”.
—¿Ocho mil?
—Cada mes.
Sentí vergüenza y rabia al mismo tiempo.
Javier nunca me lo había dicho.
Al contrario, me pedía más dinero porque, según él, su madre “ya no podía ayudar”.
—Entonces… ¿qué piensa hacer?
Teresa tomó su espresso.
—Dejar de ayudar.
Creí que eso era todo.
Me equivocaba.
—Tengo una pequeña bodega con cochera en Iztacalco. Mi difunto esposo guardaba herramientas ahí. Tiene electricidad, un lavabo, un baño muy sencillo y un catre que mandé poner esta mañana.
La miré fijamente.
Teresa levantó una ceja.
—Javier dice que es muy independiente. Quiero darle la oportunidad de demostrarlo.
—¿Piensa mandarlo a vivir ahí?
—Temporalmente. Hasta que consiga empleo, aprenda a sostenerse y deje de tratar a las mujeres como empleadas domésticas gratuitas.
A las 6:20 de la tarde llegamos al departamento.
Yo llevaba mi maleta amarilla.
Teresa caminaba detrás de mí.
Abrí la puerta.
Javier apareció desde la sala con una bolsa de papas en la mano.
Cuando me vio, sonrió con una arrogancia insoportable.
—Sabía que ibas a regresar. Ándale, deja tus cosas y mejor prepara algo de cenar.
Entonces Teresa salió de detrás de mí.
La sonrisa de Javier desapareció.
—¿Mamá?
Ella sacó una bolsa grande de mandado y se la puso en el pecho.
—Tienes 20 minutos.
—¿Para qué?
Teresa señaló el dormitorio.
—Para recoger tus cosas.
Javier soltó una carcajada.
—Muy graciosa.
—No estoy bromeando.
—¡Esta es mi casa!
Mi suegra abrió la carpeta.
—Entonces será muy interesante que me expliques por qué mi nombre aparece en la escritura.
Javier palideció.
Pero Teresa aún no había terminado.
Sacó las llaves del Mazda de su bolsa.
—Y esto también regresa conmigo.
Por primera vez vi verdadero miedo en los ojos de mi esposo.
—Mamá… ¿qué estás haciendo?
Teresa lo miró sin pestañear.
—Lo que debí hacer hace muchos años.
Y justo entonces Javier dijo algo que hizo que incluso ella cambiara de expresión.
—Si me corres, vas a arrepentirte cuando descubras lo que hice con el dinero que me diste.
Teresa dejó lentamente las llaves sobre la mesa.
—¿Qué dinero, Javier?
Y el silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
