PARTE 3
Mauricio sostuvo el teléfono sin tocar la pantalla.
Claudia se abalanzó sobre él.
—¡Devuélvemelo!
Ese movimiento terminó de convencerlo de que había algo que ella no quería que viera.
—Aléjate.
No gritó.
Y precisamente por eso sonó mucho más serio.
Toda la sala quedó en silencio.
Las niñas seguían jugando cerca del pasillo, ajenas al desastre que estaba creciendo a pocos metros. Yo tomé a Mateo de la mano y le pedí a Sergio que lo llevara al patio con los demás niños.
Aquello ya era un problema de adultos.
Mateo no tenía por qué escuchar una palabra más.
Cuando Sergio regresó, Mauricio abrió el mensaje.
“Ya esperé 5 años. Dijiste que cuando las niñas crecieran ibas a arreglar esto. No quiero destruir tu matrimonio, pero tampoco voy a seguir aceptando dinero para desaparecer.”
Mauricio leyó dos veces.
Después levantó la mirada.
—¿Dinero para qué?
Claudia lloraba.
—No es lo que parece.
—Entonces explícame qué parece.
—César está obsesionado conmigo.
—¿Y por qué le pagas?
—Yo no…
Mauricio abrió la conversación.
Claudia intentó arrebatárselo otra vez, pero su madre la sujetó del brazo.
—¡Ya, hija!
Aquella palabra —hija— hizo que Mauricio volteara lentamente hacia doña Beatriz.
—Usted sabía.
Mi suegra negó inmediatamente.
—No sé nada.
—Hace 30 segundos estaba intentando detenerla.
—Porque está haciendo un escándalo.
Mauricio comenzó a deslizar el historial.
No leyó todo en voz alta.
No hacía falta.
Había transferencias.
Mensajes cortos.
Fechas.
Frases como “este mes no puedo darte más”, “no vengas cuando Mauricio esté” y “las niñas no deben enterarse”.
Claudia dejó de defenderse.
Se sentó.
—Fue una vez.
Mauricio levantó los ojos.
—¿Qué?
—Solo fue una vez.
La frase cayó sobre la mesa como una piedra.
Doña Beatriz empezó a llorar.
Sergio se pasó ambas manos por la cara.
Yo sentí rabia, pero también una enorme tristeza.
No por Claudia.
Por las niñas.
Porque cinco minutos antes habían estado celebrando el cumpleaños de su abuela y ahora todos los adultos de su familia conocían un secreto que podía cambiar su vida.
Mauricio guardó el teléfono sobre la mesa.
—¿Cuándo?
Claudia apenas podía hablar.
—Cuando estabas trabajando en Monterrey. Estuviste fuera varias semanas. Nosotros estábamos peleados.
—¿Y César?
—Estaba trabajando en la casa.
—¿Y después quedaste embarazada?
Ella cerró los ojos.
Eso fue suficiente.
—¿Por qué nunca hiciste una prueba?
—Porque cuando nacieron… yo pensé…
—¿Pensaste qué?
—Que eran tuyas.
Mauricio soltó una risa seca.
—¿Y luego?
—Cuando tenían algunos meses, César empezó a decir que se parecían a él.
—¿Y tú qué hiciste?
Claudia miró a su madre.
Mauricio también.
Doña Beatriz se cubrió la boca.
—Mamá me ayudó.
Sergio se quedó helado.
—¿Tú sabías?
—¡Yo quería proteger a mis nietas!
—¿Protegerlas de qué? —pregunté—. ¿De conocer la verdad?
Mi suegra me miró con odio.
—Tú cállate. Todo esto empezó por tu culpa.
Sergio golpeó la palma contra la mesa.
—¡No! Empezó cuando Claudia decidió burlarse de mi hijo y acusar a Mariana de engañarme.
Era la primera vez en años que veía a Sergio enfrentarse así a su madre.
Doña Beatriz se quedó callada.
Mauricio tomó las llaves.
—Mañana quiero un estudio de ADN.
Claudia corrió detrás de él.
—Mauricio, escucha.
—No voy a tomar ninguna decisión esta noche.
—¡Son tus hijas!
Él se detuvo.
Cuando respondió, ya tenía lágrimas en los ojos.
—Las he criado durante 5 años. Claro que las quiero. Precisamente por eso necesito saber qué me hiciste.
Salió de la casa.
No hubo portazos ni amenazas.
Solo un hombre caminando hacia su camioneta con la sensación de que los últimos años de su vida podían haber sido construidos sobre una mentira.
Claudia se dejó caer en una silla.
Y entonces me miró.
—¿Estás contenta?
La pregunta me sorprendió.
—No.
—Me destruiste.
—Hace 20 minutos estabas pidiendo una prueba para humillarme delante de mi hijo.
—¡No es lo mismo!
—Sí, Claudia. La diferencia es que tú creías que la prueba solo podía lastimar a otros.
Aquella noche nos fuimos temprano.
En el auto, Sergio no habló durante varios minutos.
Cuando por fin lo hizo, preguntó:
—¿Tú sospechabas de verdad que las niñas podían ser de César?
—Sospechaba que Claudia escondía algo. No sabía qué.
—¿Y si Mauricio fuera el padre?
—Entonces pediremos disculpas por haber dudado y todo terminará ahí.
Sergio asintió.
—¿Y Mateo?
—También haremos su prueba.
