PARTE 2
Mientras los platillos llenaban la mesa, Mariana casi no tocó su ensalada.
Leticia hablaba como si el matrimonio ya estuviera decidido.
—Cuando ustedes se casen, lo lógico sería que Diego se mude contigo —comentó—. Tu departamento está mejor ubicado.
—¿Y el departamento de Diego?
Hubo un silencio breve.
—Es rentado —contestó él.
Mariana se sorprendió. Diego siempre le había dado a entender que era suyo.
Leticia continuó:
—Además, una pareja tiene que apoyarse. Diego anda empezando varios proyectos. Tú tienes un ingreso estable.
Emiliano levantó la cabeza del plato.
—Y si algún día necesitas ayuda con algo, también somos familia.
—¿Qué tipo de ayuda? —preguntó Mariana.
—Pues… compañía, consejos —dijo él mientras se servía más camarones.
Mariana entendió perfectamente: ellos ofrecían palabras y esperaban dinero.
Diego le dio una patada suave bajo la mesa.
—No interrogues a mi familia.
Minutos después, cuando Mariana fue al baño, el mesero que los atendía la alcanzó discretamente en el pasillo.
—Señorita, disculpe que me meta, pero necesito aclarar algo.
—Dígame.
El joven bajó la voz.
—El señor Diego vino antes. Preguntó si al final podíamos entregar toda la cuenta directamente a usted.
Mariana sintió un hueco en el estómago.
—¿Antes de que yo llegara?
—Sí.
—¿Y por qué?
El mesero vaciló.
—Dijo que era una cena de celebración y que usted había aceptado invitar.
Mariana soltó una risa seca.
Así que no era una ocurrencia de último minuto.
Era un plan.
Pero todavía faltaba algo.
—También intentamos solicitar una tarjeta como garantía de la reservación —añadió el mesero—. La que dejó el señor fue rechazada.
Mariana lo miró fijamente.
—¿Rechazada?
—Dos veces.
Volvió a la mesa sin decir nada.
Ahora escuchaba cada comentario de Leticia con otros oídos.
—Una mujer generosa mantiene unida a la familia.
—Cuando uno quiere a un hombre, no anda contando quién puso cada peso.
—Yo crié sola a mis hijos. Lo mínimo que espero es una nuera agradecida.
Cuando llegaron los postres, Diego pidió el más caro del menú.
Mariana no lo detuvo.
Quería ver hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
A las 9:20, el mesero apareció con una carpeta negra.
Diego ni siquiera la tocó.
La señaló a ella delante de todos.
—Entréguesela a Mariana. Ella invita.
Leticia sonrió satisfecha.
—Es una bonita manera de empezar con el pie derecho en esta familia.
Mariana abrió la cuenta.
$18,740 pesos.
Su ensalada y su té no llegaban ni a $500.
Respiró profundamente.
—¿Puede dividir la cuenta, por favor? Yo pagaré únicamente lo mío.
La sonrisa de Diego desapareció.
—¿Qué dijiste?
—Que pagaré lo que consumí.
Leticia dejó caer la servilleta.
—¿Vas a hacernos pasar esta vergüenza?
—No. Ustedes decidieron qué ordenar. Ustedes lo pagan.
Diego se levantó de golpe.
—¡Es mi mamá!
Varias personas voltearon.
—Exactamente —contestó Mariana—. Es tu mamá. No la mía.
Entonces Leticia soltó una frase que hizo que Mariana entendiera que la cena escondía algo mucho más grave.
—Diego, dile de una vez para qué necesitábamos saber cuánto estaba dispuesta a gastar.
Mariana se quedó inmóvil.
Diego palideció.
Y antes de que pudiera responder, Leticia abrió su bolsa y puso un documento doblado sobre la mesa.
Lo que aparecía escrito ahí cambió completamente aquella noche.
PARTE 3
Mariana miró el documento sin tocarlo.
Diego se había quedado de pie junto a la mesa, con los labios apretados y el rostro tan blanco que por un momento pareció que iba a desmayarse.
—Mamá, no era momento de sacar eso —murmuró.
Leticia lo ignoró.
—Ya que la señorita quiere saber cómo funciona una familia de verdad, que lo sepa todo.
Desdobló las hojas.
Mariana alcanzó a leer el encabezado.
Era una propuesta de crédito.
Después vio una cantidad.
$480,000 pesos.
—¿Qué es esto?
Diego intentó sentarse junto a ella.
—Mariana, puedo explicarlo.
Ella movió la silla.
—Explícalo desde ahí.
Leticia tomó la palabra.
—Diego está desarrollando un negocio.
—¿Qué negocio?
—Una comercializadora —contestó él—. Importación, ventas, distribución…
—¿Desde cuándo?
—Desde hace meses.
Mariana jamás había escuchado una sola palabra sobre aquella empresa.
Diego siempre decía trabajar “por proyectos” y aseguraba que pronto conseguiría contratos enormes.
—¿Y qué tengo que ver yo con ese crédito?
Nadie respondió de inmediato.
Mariana volvió a mirar los papeles.
Entonces lo encontró.
En una sección aparecía escrito su nombre completo.
Mariana Salgado Hernández.
Debajo había un espacio reservado para la firma de un obligado solidario.
Sintió un escalofrío.
—¿Pensabas pedirme que firmara esto?
—No necesariamente hoy —dijo Diego rápidamente—. Era solo una opción.
Mariana soltó una carcajada de incredulidad.
—Me traes a un restaurante, ordenan casi $19,000 pesos de comida esperando que yo pague, tu tarjeta resulta rechazada y luego descubro un préstamo de casi medio millón donde aparece mi nombre. ¿Y quieres convencerme de que todo es casualidad?
—Estás exagerando.
Aquella frase fue lo que terminó de destruir cualquier cariño que quedara.
No una disculpa.
No vergüenza.
No arrepentimiento.
“Estás exagerando”.
Leticia cruzó los brazos.
—Por eso queríamos probarte.
—¿Probarme?
—Diego necesita una mujer que avance con él, no una mujer que le esté poniendo límites a todo.
Mariana la observó durante varios segundos.
Por primera vez entendió algo que durante meses se había negado a aceptar.
Diego no era simplemente desorganizado con el dinero.
No olvidaba casualmente la cartera.
No tenía mala suerte con las tarjetas.
Había aprendido que siempre podía conseguir que alguien más pagara.
Y en aquella familia, ese comportamiento no era visto como un defecto.
Era una estrategia.
—¿Cuánto debes? —le preguntó.
—Eso no importa.
—¿Cuánto?
—Mariana…
—¿Cuánto debes, Diego?
Leticia intervino:
—Los hombres emprendedores se endeudan. Así funcionan los negocios.
—No se lo pregunté a usted.
Diego apretó la mandíbula.
—Como $320,000.
Emiliano dejó de comer.
Leticia miró a su hijo.
—No tienes por qué darle cifras.
Mariana sintió que algo no cuadraba.
—Si debes $320,000, ¿para qué quieres otros $480,000?
Diego comenzó a hablar de inversiones, proveedores, oportunidades y capital de trabajo. Utilizaba muchas palabras, pero ninguna respuesta.
Mariana tomó su teléfono.
—Enséñame la empresa.
—¿Qué?
—Tu empresa. Página, redes, clientes, contratos. Lo que sea.
—Eso no funciona así.
—¿Está registrada?
Silencio.
—Estamos en proceso.
Mariana asintió lentamente.
Todo estaba claro.
—Entonces no tienes una empresa. Tienes deudas.
—¡Tengo un proyecto!
—Un proyecto que quieres financiar con mi firma.
Diego golpeó la mesa con la palma.
—¡Porque se supone que somos pareja!
El mesero apareció a unos metros, atento.
Mariana permaneció sentada.
—Una pareja no utiliza el nombre del otro sin permiso.
—No firmé por ti.
—Pero pusiste mis datos.
Diego no respondió.
Ese silencio fue peor.
Mariana recordó entonces una conversación de semanas atrás.
Diego le había preguntado cuánto debía todavía de su departamento.
Después quiso saber si tenía tarjetas de crédito.
Otro día, mientras cenaban, le preguntó casualmente cuánto podía prestarle un banco “a alguien con buenos ingresos”.
Ella había contestado sin sospechar nada.
Sintió náuseas.
—¿De dónde sacaste mi CURP y mis datos fiscales?
Diego desvió la mirada.
Mariana sintió un golpe en el pecho.
—Te los mandé cuando reservaste nuestros boletos para Cancún.
—Mariana, escucha…
—Usaste documentos que te envié para un viaje.
Leticia bufó.
—Nadie ha usado nada todavía.
—Mi nombre ya está escrito en un formato que yo jamás autoricé.
—Porque el asesor necesitaba saber si era viable —dijo Diego.
Mariana se levantó.
—Se acabó.
Él intentó tomarle la muñeca, pero ella retiró la mano inmediatamente.
