PARTE 1
—Mi hermano Mauricio, Karla y los niños van a quedarse aquí dos semanas. Ya les dije que sí.
Andrés lo soltó un sábado por la mañana, sin despegar la vista del celular, como si estuviera avisándome que se había terminado la leche.
Yo me quedé inmóvil con la taza de café a medio camino.
—¿Cómo que ya les dijiste que sí?
Por fin levantó la mirada.
—Son mi hermano y su familia, Valeria. Vienen desde Monterrey. ¿Dónde quieres que se queden? Además, ya terminamos de pagar el departamento. Para eso tenemos cuarto de visitas.
“Terminamos de pagar”.
Qué fácil sonaba.
Durante seis años habíamos vivido contando cada peso. Yo cancelé dos viajes con mis amigas, vendí mi coche para dar un abono extraordinario y acepté proyectos hasta los fines de semana para salir de la hipoteca antes de tiempo.
Y ahora Andrés hablaba de nuestro departamento en Querétaro como si fuera una casa familiar donde cualquiera podía instalarse cuando quisiera.
Pero ese no era el verdadero problema.
El problema era Mauricio.
En nuestra boda, después de varias copas, me llamó “princesita de ciudad” delante de todos y dijo que Andrés algún día se cansaría de mantener a una mujer “tan delicada”.
En Navidad, tres años después, se molestó porque yo no quise pasar toda la tarde preparando comida mientras él, Andrés y otros hombres veían futbol.
—En nuestra familia las mujeres sí saben atender a sus maridos —me soltó.
Karla, su esposa, había sido todavía peor.
Sabía perfectamente que Andrés y yo llevábamos años intentando tener un hijo.
Aun así, durante aquella misma cena me sonrió y dijo:
—Tal vez Dios sabe a quién darle niños. Ser mamá requiere paciencia… y no todas nacieron para eso.
Recuerdo haber mirado a mi esposo esperando que dijera algo.
No dijo nada.
—No quiero a Mauricio y Karla viviendo aquí —le dije.
Andrés soltó un suspiro.
—Otra vez con lo mismo. Ya pasó muchísimo tiempo.
—Para ti pasó porque a ti no te humillaron.
—Estás exagerando.
Sentí el mismo vacío de siempre.
—Serán catorce días de comentarios, burlas y faltas de respeto.
Entonces Andrés dijo algo que terminó de romper lo poco que todavía intentaba justificarle:
—Pues si tanto te incomodan, vete esas dos semanas con tus papás.
Lo miré sin poder creerlo.
Me estaba pidiendo que abandonara la casa que yo había pagado para dejarles espacio a las mismas personas que me habían despreciado durante años.
Me levanté.
—Escúchame bien. Si quieres verlos, págales un hotel. Pero aquí no van a quedarse.
Andrés soltó una risa incrédula.
—Es mi familia.
—Y yo soy tu esposa.
—No me hagas escoger.
—No. Tú ya llevas años escogiendo.
Me acerqué y lo miré fijamente.
—Si Mauricio y Karla cruzan esa puerta con maletas, nuestro matrimonio termina.
Durante varios segundos no dijo nada.
Pensé que, por primera vez, había entendido.
Una semana después regresé del trabajo y encontré a Andrés cambiando las sábanas del cuarto de visitas.
Sobre la cómoda había cuatro juegos de toallas nuevas.
—¿Qué estás haciendo?
Ni siquiera se volvió.
—Preparando el cuarto. Llegan el próximo sábado.
Y entonces añadió:
—Ya hablé con Mauricio. Dice que intentará comportarse… siempre y cuando tú también seas un poco más flexible.
Ahí comprendí que mi esposo no había ignorado mi ultimátum.
Lo había escuchado perfectamente… y aun así había decidido ponerme a prueba.
Y yo todavía no podía creer lo que iba a ocurrir cuando esa puerta se abriera.
