ntht/ La candidata que recomendé por presión familiar no apareció a la entrevista y mi jefe me llamó para advertirme que mi puesto estaba en riesgo. Yo estaba a punto de aceptar toda la culpa y cortar definitivamente cualquier favor a la familia de mi esposo, hasta que una compañera me reveló algo todavía peor: mi propia suegra había contado por fuera que yo “usaba influencias” para meter a sus familiares… después de haberme obligado ella misma a hacerlo.

PARTE 2

Una semana antes de la entrevista decidí conseguirle a Fernanda una segunda opción.

Una amiga de la universidad, Laura, administraba una pequeña empresa de paquetería en Zapopan y buscaba recepcionista.

—Mándamela —me dijo—. Si funciona, podría empezar pronto.

Esa noche se lo comenté a Alejandro.

Nada más.

El lunes, Laura me llamó.

—Claudia, una señora habló esta mañana diciendo que es familiar de Fernanda. Me informó que ya no irá a la entrevista.

Me quedé helada.

—¿Qué señora?

—No pregunté mucho. Creo que dijo que era su mamá.

Marqué inmediatamente a Teresa.

Ni siquiera lo negó.

—Sí, fui yo.

—¿Con qué derecho cancelaste una entrevista que yo conseguí?

—Porque no necesitamos estar improvisando. Lo importante es que entre a tu empresa.

—¿Por qué tiene que ser precisamente mi empresa?

Teresa hizo una pausa.

—Porque ahí estaría bien cuidada.

Aquella respuesta se me quedó clavada.

Días después me reuní con Fernanda para prepararla.

Llegó tarde, vestida como si fuera a hacer mandados y con cero entusiasmo.

Después de practicar dos preguntas, aventó el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Sabes qué es lo peor? Que nadie me preguntó si quiero ese puesto.

—Necesitas trabajar.

—Sí. Pero mi mamá necesita controlarme.

La miré fijamente.

Fernanda comenzó a romper una servilleta en pedacitos.

—Ella cree que si tengo horario, sueldo y una oficina aquí, ya no me voy a ir.

—¿Irte adónde?

Fernanda dejó de hablar.

Dos días después llegó la entrevista.

A las 9:15 recibí su mensaje:

“Perdón. No voy a ir.”

La llamé seis veces.

Nada.

Esa noche Alejandro llegó pálido.

—Fernanda se fue a despedir de Diego.

Diego era su novio desde hacía casi tres años.

—¿A despedirse?

—Le ofrecieron trabajo en Tijuana. Se va mañana. Y Fernanda estaba pensando irse con él en unas semanas.

Todo empezó a encajar.

Teresa no buscaba empleo para su hija.

Buscaba una cadena.

Un sueldo. Un horario. Una oficina. Algo que la obligara a quedarse en Guadalajara.

—¿Tu mamá sabía?

—Desde hace meses.

Sentí rabia.

Yo había puesto mi puesto en riesgo por un conflicto que nadie se había molestado en contarme.

Pero lo peor llegó al día siguiente.

La secretaria de mi director entró a mi oficina y cerró la puerta.

—Claudia… ¿es verdad que estás usando tu puesto para meter familiares?

Sentí un hueco en el pecho.

—¿Quién dijo eso?

—La esposa del director. Al parecer conoce a tu suegra del salón de belleza. Teresa le contó que estabas “moviendo influencias” para contratar a su hija.

Me quedé sin palabras.

La misma mujer que me había presionado frente a toda la familia ahora andaba contando que yo abusaba de mi cargo.

Una hora después sonó mi teléfono interno.

Era mi director.

—Claudia, necesito que mañana a primera hora vengas a mi oficina.

Esa noche casi no dormí.

Y cuando Alejandro finalmente decidió contarme por qué llevaba años incapaz de enfrentarse a su madre, comprendí que Fernanda no era la primera persona de esa familia cuya carrera Teresa había intentado controlar.

Pero lo que él me confesó antes de entrar a aquella oficina fue mucho peor de lo que imaginaba.