PARTE 3
Entró a la sala.
La mesa estaba impecable: velas encendidas, copas llenas, platos servidos y el aroma de la pierna glaseada llenando toda la casa.
Durante semanas había imaginado aquel momento como una celebración.
Ahora parecía el escenario preparado para una ejecución pública.
—Perfecto —dijo Ricardo mirando a los invitados—. Ya que todos están aquí, pueden enterarse de la clase de mujer con la que llevo quince años casado.
Uno de sus socios, Fernando, bajó lentamente la copa.
Su esposa dejó de comer.
Ricardo señaló hacia mí.
—Esta mujer lleva meses conspirando a mis espaldas. Habló con abogados, revisó documentos privados, intervino las cuentas de mi empresa y ahora está tratando de dejarme sin nada.
—¿Tu empresa? —pregunté.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No. Explícamelo. Porque en el acta constitutiva aparecen dos socios.
Ricardo apretó la mandíbula.
Claudia se acercó.
—¿Por qué haría Mariana algo así?
Mi marido dudó.
Yo metí la mano en el bolsillo de mi vestido.
Saqué la fotografía.
—Quizá esto ayude.
La dejé sobre la mesa.
Cayó junto al plato principal.
Claudia fue la primera en verla.
Después Fernando.
Después todos los demás.
Nadie habló durante varios segundos.
Ricardo palideció.
Su hermana levantó la fotografía.
—¿Quiénes son?
—Pregúntale al cumpleañero.
—Ricardo…
—No es lo que parece.
Solté una carcajada.
Era fascinante cómo aquella frase sobrevivía a todas las infidelidades del mundo.
—Entonces explícanos qué parece.
Ricardo me miró con odio.
—Valeria es una amiga.
—Qué amistad tan conmovedora. Especialmente porque llevas casi cinco años pagando la renta de su casa.
Fernando levantó la cabeza de golpe.
—¿Cinco años?
Ricardo lo fulminó con la mirada.
Yo continué.
—También pagas su camioneta, la escuela del niño, vacaciones, seguros médicos y una tarjeta adicional.
Claudia volvió a observar la foto.
—¿Ese niño es tuyo?
Ricardo guardó silencio.
—Te pregunté si es tu hijo.
—No tienes derecho a interrogarme.
—¡Soy tu hermana!
—Y esto no es asunto tuyo.
Claudia soltó la fotografía como si quemara.
—Entonces sí.
Ricardo se volvió hacia mí.
—¿Contenta? ¿Era esto lo que querías? ¿Humillarme frente a todos?
—No.
Mi voz salió sorprendentemente tranquila.
—Yo quería servirte la cena de cumpleaños, brindar contigo y acostarme pensando que después de quince años todavía conocía al hombre con el que me casé. Tú elegiste otra cosa.
Saqué de mi bolsillo el papel doblado que había encontrado detrás de la fotografía.
Lo abrí.
—¿Quieres que les lea lo que escribiste?
Ricardo avanzó.
—Dámelo.
Retrocedí.
—“Decidí pasar mis cuarenta años con mi verdadera familia. Tú puedes atragantarte sola con la cena que preparaste”.
Claudia cerró los ojos.
Alguien murmuró:
—No manches…
Yo miré directamente a Ricardo.
—Eso escribiste después de vaciar tu clóset mientras yo preparaba tu cumpleaños.
Su rostro pasó de pálido a rojo.
—Nuestra relación llevaba años terminada.
—Curioso. A mí se te olvidó avisarme.
—Tú sabías que esto ya no funcionaba.
—Sabía que llegabas tarde. Sabía que apenas me tocabas. Sabía que preferías hablar de negocios antes que preguntarme cómo estaba. Lo que no sabía era que mientras yo intentaba salvar un matrimonio tú estabas financiando otro hogar con dinero de nuestra empresa.
Fernando dejó la servilleta sobre la mesa.
—Ricardo, ¿qué significa eso de dinero de la empresa?
Mi esposo se giró.
—No te metas.
—Soy tu socio.
Y entonces comprendí que aquella noche iba a ser todavía peor para él.
Fernando no sabía nada.
Javier había sospechado que algunas operaciones se estaban realizando sin conocimiento de los demás socios, pero yo no tenía la certeza.
Hasta ese momento.
—Fernando —dije—, ¿conoces a Servicios Administrativos del Bajío?
Su cara cambió.
—Claro. Es uno de nuestros proveedores.
—¿Sabes quién controla la empresa?
—No personalmente.
—El cuñado de Valeria.
Ricardo cerró los ojos.
Fernando se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Durante casi cuatro años se le han pagado servicios de consultoría, logística y representación comercial. Javier y la contadora revisaron varios contratos. Algunos trabajos no tienen entregables, otros están duplicados y varios pagos coinciden, casi peso por peso, con depósitos hechos a cuentas relacionadas con Valeria.
—Mariana —gruñó Ricardo.
—No. Ahora me toca hablar.
Me acerqué a la mesa.
Sentía el corazón golpeándome las costillas, pero por primera vez en años no tenía miedo de molestarlo.
—Mientras yo pensaba que estabas construyendo nuestro patrimonio, utilizabas una empresa que también me pertenece para sostener tu doble vida. Y lo más elegante de todo es que pensabas irte hoy.
Lo miré.
—¿O quieres decirles qué había en la carpeta que sacaste esta mañana de la caja fuerte?
Ricardo se quedó completamente quieto.
Ahí estaba la verdadera sorpresa.
La fotografía no era lo que más le preocupaba.
Era aquella carpeta.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
Saqué mi celular.
—Tengo copia.
Fernando se puso de pie.
—Ricardo, dime que esto no es lo que estoy pensando.
—Cállate.
—¿Pretendías sacar dinero?
—¡Dije que te calles!
El grito retumbó en la sala.
Todos lo miraron.
Ricardo respiró profundamente e intentó recuperar el control.
—Esto es una locura. Mariana está resentida porque quiero separarme. Está mezclando movimientos normales de la empresa con mi vida personal.
—Perfecto —respondí—. Entonces mañana podrás explicárselo a los auditores.
—¿Qué auditores?
—Los nuestros primero.
Hice una pausa.
—Después veremos quién más necesita escucharlo.
El color desapareció de su rostro.
—Tú no te atreverías.
—Ya me atreví.
Ricardo avanzó hacia mí.
Fernando se interpuso.
No lo tocó.
Sólo quedó entre nosotros.
—Ya estuvo.
Ricardo lo miró incrédulo.
—¿Ahora la defiendes?
—Estoy defendiendo mi dinero.
Aquello tuvo un efecto casi cómico.
Ricardo había llegado creyendo que todos se pondrían de su lado.
Su hermana.
Sus amigos.
Sus socios.
Durante años había construido una personalidad tan sólida que parecía imposible cuestionarla.
El proveedor.
El hombre que siempre resolvía.
El esposo exitoso.
El hermano que pagaba las comidas.
El amigo que presumía saber cómo funcionaba el mundo.
De repente estaba solo en medio de su propia fiesta.
Y nadie quería acercarse demasiado.
—Mariana —dijo entonces, cambiando de estrategia—. Podemos hablar.
—Llevamos quince años pudiendo hablar.
—En privado.
—La nota tampoco fue muy privada. La dejaste encima de nuestra cama junto con la foto.
