PARTE 2
—Marisol, deja ese plato.
Ella se quedó inmóvil.
Mi suegra me miró indignada.
—¿Perdón?
Me levanté, fui hasta un mueble y saqué una botella de vino que había comprado para mi cumpleaños. Serví una copa y la puse frente a Marisol.
Después acerqué hacia ella la charola de carne que Teresa había colocado convenientemente junto a su silla.
—Come.
—Olga, no armes un espectáculo —dijo Javier.
—El espectáculo lleva años ocurriendo. Yo apenas estoy cobrando boleto.
Me volví hacia Marisol.
—¿Sabes cuánto cobra alguien por limpiar una cocina después de una comida para 6 personas?
Negó con la cabeza.
—Por lo menos 1,200 o 1,500 pesos. Tú haces esto casi todos los domingos.
Arturo soltó una carcajada.
—No inventes. Ella ayuda porque es familia.
—¿Y quién la ayuda a ella?
Silencio.
Entonces miré sus zapatos.
Eran unos tenis viejos, gastados en los bordes.
Dos semanas antes la había visto llegar temblando bajo la lluvia porque no tenía botas adecuadas.
—Ricardo compra cerveza, videojuegos y accesorios para su camioneta, pero su esposa lleva 2 inviernos con los mismos zapatos.
Arturo frunció el ceño.
—Eso es asunto de su matrimonio.
—Curioso. Para pedir comida somos familia. Para ayudarla, de pronto es asunto privado.
Marisol comenzó a llorar.
Entonces soltó algo que ninguno esperaba.
—Ricardo me quitó mi tarjeta.
Javier dejó de sonreír.
—¿Qué?
—Mi tarjeta de débito. La cuenta donde todavía depositaban algunos trabajos que hacía desde casa. Dijo que yo no sabía administrar.
Teresa golpeó la mesa.
—¡No empieces con tus dramas!
Pero Marisol siguió.
—También vendió mi computadora.
La miré sorprendida.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque me daba vergüenza.
Teresa intentó levantarse.
—Nos vamos.
—Todavía no.
Me volví hacia Javier.
—Y tú tampoco te vas sin escuchar esto. Desde el próximo mes depositas la mitad del mantenimiento, luz, internet y despensa.
Él se puso rojo.
—¿Me estás cobrando por vivir con mi esposa?
—El departamento es mío. Lo compré 4 años antes de conocerte. Tú llevas 5 años viviendo aquí y jamás has pagado una sola mensualidad.
—¡Soy tu marido!
—No eres un programa gubernamental.
Arturo se levantó de golpe.
—Javier, vámonos. Que se quede sola con su dinero.
Javier empujó la silla hacia atrás.
—Eso haré. Me voy con mi mamá.
Esperaba que yo suplicara.
En cambio señalé el pasillo.
—Tu maleta grande está arriba del clóset.
Su cara cambió.
Por primera vez apareció miedo.
Mientras todos caminaban hacia la puerta, Marisol permaneció sentada.
Teresa se giró.
—¿Tú qué esperas?
Marisol apretó la copa con ambas manos.
Y entonces dijo, casi en un susurro:
—Yo tampoco quiero regresar.
Ricardo, que hasta entonces había estado callado, dio un paso hacia ella.
—¿Qué acabas de decir?
Marisol levantó la cabeza.
—Que no vuelvo contigo.
Lo que nadie sabía era que ella había guardado fotografías, estados de cuenta y mensajes durante casi 2 años.
Y cuando me mostró el primero en su teléfono, comprendí que aquello ya no era una simple familia abusiva.
Había dinero desaparecido, deudas a nombre de Marisol y una mentira que podía destruirlos a todos.
PARTE 3
Ricardo se quedó parado junto a la puerta con una expresión que nunca le había visto.
No era enojo.
Era miedo.
—Marisol, ven acá.
Ella retrocedió.
—No.
Fue la primera vez que la escuché decirle esa palabra.
Ricardo miró a sus padres, esperando que intervinieran.
Teresa reaccionó inmediatamente.
—Marisol, deja de hacer berrinches. Mañana hablas con tu marido cuando estés más tranquila.
Marisol tragó saliva.
—No es un berrinche.
—Claro que sí —respondió mi suegra—. Olga te está llenando la cabeza de tonterías.
Eso me hizo reír.
—Teresa, llevo 20 minutos enterándome de todo.
Ricardo señaló a Marisol.
—Dame tu teléfono.
Ella lo escondió contra el pecho.
—No.
—Te dije que me lo des.
Me puse entre ambos.
—En mi casa no le ordenas nada.
—Es mi esposa.
—No es tu propiedad.
Javier, que ya tenía su chamarra puesta, soltó un suspiro fastidiado.
—Olga, ya deja de meterte. Si Ricardo administra el dinero de su casa, es problema de ellos.
Me giré hacia él.
—¿Y si el dinero ni siquiera es de Ricardo?
Nadie respondió.
Marisol desbloqueó el teléfono.
Tenía una carpeta oculta con fotografías.
La primera mostraba un estado de cuenta de una tarjeta departamental.
Titular: Marisol Hernández.
Saldo vencido: 48,700 pesos.
La segunda fotografía era de otro crédito.
32,000 pesos.
Después apareció un préstamo personal.
65,000 pesos.
Sentí que el estómago se me apretaba.
—¿Tú pediste esto?
Marisol negó.
—No.
Ricardo intervino.
—Son gastos de la casa.
—¿Qué casa? —preguntó ella—. Vivimos en el departamento de tus padres y no pagamos renta.
Teresa intentó arrebatarle importancia.
—Compraron muebles, cosas necesarias.
Marisol abrió otra fotografía.
Una transferencia de 40,000 pesos había terminado en la cuenta de Ricardo.
Otra de 28,000.
Otra de 17,500.
—Me pedía firmar documentos diciendo que eran trámites para mejorar mi historial crediticio —explicó—. Cuando me negaba, me decía que si no confiaba en mi esposo entonces no merecía estar casada.
Ricardo comenzó a ponerse pálido.
—No sabes ni lo que estás diciendo.
—Ahora sí lo sé.
Marisol siguió mostrando documentos.
Había facturas de accesorios para la camioneta de Ricardo.
Un nuevo sistema de sonido.
Rines.
Un teléfono de gama alta.
Pagos en bares.
Hasta una transferencia de 12,000 pesos a un amigo suyo con el concepto “torneo”.
Yo miraba aquello tratando de ordenar las piezas.
—¿Desde cuándo pasa esto?
—Casi 2 años.
—¿Y por qué no denunciaste?
Se quedó callada unos segundos.
—Porque cada vez que intentaba hablar con alguien, Teresa me decía que si destruía el matrimonio iba a quedarme sola. Mis papás viven en Veracruz y apenas tienen para sus gastos. Ricardo me repetía que nadie me iba a creer.
