PARTE 4
Javier preparaba el desayuno cuando Paola revisó la aplicación bancaria.
—¿Le transferiste 2,000 pesos a tu mamá?
—Sí.
—¿Por qué?
—Tiene que hacerse un estudio.
—Tiene pensión.
Javier dejó la espátula.
—No alcanza.
—Pues tampoco estamos sobrados.
—Podemos pagarlo.
—Ese dinero estaba destinado a las vacaciones.
Javier respiró profundo.
—Es un estudio cardiológico.
—Siempre hay algo con ella.
Javier no respondió.
Paola siguió:
—Hoy es un estudio. Mañana serán medicinas. Después quién sabe qué.
Él apagó la estufa.
—¿Tú sabes cuánto pagó mi mamá cuando yo estudiaba?
—Otra vez con eso.
—No. Escúchame. Vendió su máquina de coser buena para pagar mi inscripción el semestre en que mi papá se quedó sin trabajo.
—¿Y por eso ahora tú tienes una deuda eterna?
Javier permaneció callado unos segundos.
—No.
Paola pareció sorprenderse.
—No tengo una deuda eterna —continuó él—. Ayudo porque quiero. Porque es mi madre. Igual que ayudaría a tus papás si lo necesitaran.
—Mis papás no vienen a pedir comida.
Aquella frase cayó como una piedra.
—Mi mamá nunca pidió comida.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Finalmente sé exactamente a qué te refieres.
Esa noche Javier pidió que los niños cenaran primero.
Después se sentó frente a Paola.
—Quiero separarnos un tiempo.
Ella palideció.
—¿Por 2,000 pesos?
—No.
—Entonces es por tu mamá.
—Tampoco.
Paola comenzó a llorar de rabia.
—¡Claro que sí! Ella ganó.
—Esto no es una competencia.
—Siempre lo fue.
Javier negó lentamente.
—Ese es precisamente el problema. Mi mamá nunca compitió contigo. Tú competías con ella sola.
Paola se levantó.
—Eres un malagradecido.
—Puede ser.
—Después de todo lo que hice por esta familia.
—No estoy negando lo que hiciste.
—¡Entonces quédate!
Javier levantó la mirada.
—Quedarse también requiere respeto.
Durante 4 meses vivieron separados.
Javier rentó un departamento pequeño a 15 minutos de la escuela de sus hijos.
Compartieron responsabilidades y acordaron no hablar mal del otro frente a ellos.
Marta estuvo destrozada cuando se enteró.
—Fue por mí.
—No.
—Si yo nunca hubiera ido a su casa…
—Mamá, por favor no termines esa frase.
—Pero ustedes estaban bien.
—No estábamos bien. Solo no lo sabía.
Javier no convirtió a Paola en una villana frente a nadie. Reconocía que había sido buena con sus hijos, que había trabajado junto a él durante años y que también estaba herida por problemas que ambos habían ignorado.
Pero había una línea que no podía borrar.
Cada vez que pensaba en reconciliarse, recordaba la imagen de Marta frente a aquella puerta.
Una mujer enferma tocando suavemente para no molestar.
Paola detrás, escuchando.
Y el silencio.
Al cumplirse casi un año desde aquella conversación, Javier y Paola firmaron el divorcio.
No hubo gritos en un juzgado.
No hubo venganza.
No hubo una victoria para nadie.
Hubo tristeza.
Hubo 2 niños que tuvieron que aprender a vivir entre 2 casas.
Hubo fines de semana organizados con calendarios.
Hubo cumpleaños incómodos.
Y hubo muchas preguntas sin una respuesta perfecta.
Con el tiempo, incluso Paola comenzó a cambiar.
Una tarde llevó a los niños a casa de Marta y se quedó en la puerta.
