PARTE 2
Tres meses después, Javier apareció sin avisar en el departamento de su madre.
Cuando Marta abrió, él casi no la reconoció.
Había bajado de peso. Su blusa le quedaba grande y tenía unas ojeras profundas.
—Mamá, ¿por qué ya no quieres vernos?
—Claro que quiero.
—Entonces dime qué pasa.
Marta intentó sonreír.
—No pasa nada.
—Mis hijos preguntan por ti todas las semanas.
Aquello la quebró.
Se sentó en una silla de la cocina, apretó un pañuelo entre los dedos y comenzó a llorar.
Javier nunca había visto llorar así a su madre.
—Perdóname, hijo. No quería causarte problemas.
—¿Problemas de qué?
—Creo que ya estorbo en tu casa.
Entonces le contó todo.
La conversación que escuchó.
Las veces que Paola miraba el reloj mientras ella tomaba café.
La tarde en que tocó 3 veces y nadie abrió.
La vecina que confirmó que Paola estaba dentro.
—Yo entiendo, Javier. Es su casa. Ella tiene derecho a no querer visitas.
—Tú eres mi madre.
—Y precisamente por eso no quiero que pelees con tu esposa por mí.
Javier miró la mesa.
Sobre ella había medicamentos separados por días, un recibo de luz vencido y medio bolillo envuelto en una servilleta.
—¿Ya comiste?
Marta bajó la mirada.
—No tenía mucha hambre.
Javier abrió el refrigerador.
Encontró huevos, un poco de queso, verduras marchitas y una jarra de agua.
Nada más.
—¿Por qué no me dijiste que te estaba faltando dinero?
—Porque tú tienes 2 hijos.
Javier sintió una vergüenza insoportable.
Durante meses Paola había hablado de los supuestos gastos que causaba su madre por tomarse un café en su casa.
Y mientras tanto Marta estaba recortando su propia comida para pagar medicinas.
Esa noche Javier regresó bajo una lluvia intensa.
Ni siquiera se quitó la chamarra.
—Tenemos que hablar de mi mamá.
Paola endureció el rostro.
—¿Fue a quejarse?
—No. Yo fui a verla.
—¿Y ahora qué?
—Me contó que le dejaste la puerta cerrada aun estando aquí.
Paola no negó nada.
—Esta también es mi casa.
—¿La escuchaste tocar?
Silencio.
—Paola, te estoy preguntando si escuchaste a una mujer de 67 años, enferma del corazón, tocar 3 veces y decidiste quedarte callada detrás de la puerta.
Paola apretó los labios.
—Sí.
Javier sintió que algo se rompía dentro de él.
Pero lo peor llegó cuando ella añadió:
—Y lo volvería a hacer.
Entonces Javier comprendió que aquella discusión ya no trataba de café ni de comida.
Trataba de la mujer con la que había construido su familia.
Y de una crueldad que él había preferido no mirar.
PARTE 3
—¿Lo volverías a hacer? —repitió Javier.
Paola sostuvo su mirada.
—Sí. Porque alguien tenía que poner un límite.
Javier dejó lentamente las llaves sobre la mesa.
Sus hijos estaban en sus habitaciones, así que bajó la voz.
—Un límite se habla. No se deja a una señora enferma tocando una puerta mientras tú finges que no estás.
—No exageres.
—No estoy exagerando.
—Tu mamá no es una santa, Javier.
Él frunció el ceño.
—Nunca dije que lo fuera.
—Pues parece. Todo gira alrededor de lo que sacrificó por ti, de cuánto trabajó, de lo buena madre que fue. ¿Y yo qué? ¿Yo no hago nada?
Por primera vez Javier entendió que la molestia de Paola no había comenzado con los sándwiches ni con el café.
Había resentimiento acumulado.
—Habla claro.
Paola soltó una risa nerviosa.
—Claro. Tu mamá venía y tú llegabas feliz porque había dejado comida, porque había ayudado a los niños con la tarea, porque había remendado un pantalón. Y luego me decías: “Mira qué detalle tuvo mi mamá”.
—Nunca te comparé con ella.
—Tal vez no con palabras.
—¿Entonces por eso decidiste humillarla?
—Yo no la humillé.
—La dejaste afuera.
—Porque estaba cansada, Javier. Cansada de que llegara cuando quería.
