ntht/ Cuando la madre de mi prometido se fue de vacaciones, él me llamó furioso y me ordenó que fuera a cocinar, limpiar y atender también a su padre porque “ellos no sabían hacer esas cosas”. Fingí estar ocupada y los dejé solos durante 3 semanas. Creí que mi relación terminaría cuando descubriera que yo había planeado todo…

PARTE 2

Mauricio se levantó tan rápido que casi tiró la silla.

—¿Qué te pasa, mamá?

Leticia temblaba de rabia.

—Me pasa que llevo 29 años atendiendo a dos hombres perfectamente sanos como si no tuvieran manos.

—Estás exagerando.

—¿Exagerando?

Se volvió hacia mí.

—Daniela, ayer este muchacho dejó afuera de mi puerta una bolsa con 11 camisas y me mandó un mensaje: “Para el miércoles, por favor, bien planchadas”.

Mauricio intentó interrumpirla.

—Ma…

—¡Cállate!

Nunca había escuchado gritar así a Leticia.

—Esta mañana le dije a tu papá que me dolía horrible la espalda y que preparara algo para desayunar. ¿Sabes qué hizo? Se sentó frente a la televisión y me preguntó cuánto iba a tardar porque ya tenía hambre.

Mauricio soltó una risa nerviosa.

—Papá siempre ha sido así.

Leticia lo miró como si acabara de confirmar todo.

—Exactamente. Y tú vas por el mismo camino.

Después me tomó de las manos.

—Yo tuve culpa. A Roberto nunca lo dejé hacer nada porque decía que yo lo hacía más rápido. Luego hice lo mismo contigo, Mauricio. Recogía tus platos, tu ropa, te preparaba todo… y ahora tengo un marido de 60 años que no sabe usar una lavadora y un hijo de 31 que cree que su prometida es su nueva empleada.

Mauricio perdió la paciencia.

—Ya estuvo.

La tomó del brazo y la condujo hacia la entrada.

—Vete a descansar. Estás alterada.

Cuando cerró la puerta, regresó como si nada hubiera ocurrido.

—No le hagas caso. Últimamente trae problemas hormonales.

Luego señaló su taza.

—¿Me calientas el café?

Ahí comprendí algo.

Discutir con Mauricio no serviría.

Podía explicárselo mil veces y siempre encontraría una excusa.

Así que sonreí.

—Claro.

Me miró satisfecho.

Tomé su taza, caminé hasta la cocina… y vacié el café en el fregadero.

—Ahora recoge tus cosas y vete con tus papás.

—¿Qué?

—Necesito pensar.

Lo saqué de mi departamento.

Al día siguiente cité a Leticia en una cafetería de Coyoacán.

Llegó avergonzada.

—Daniela, perdóname por lo de ayer.

—No tiene que disculparse.

Saqué un sobre y lo puse frente a ella.

Lo abrió.

Dentro había una reservación de 21 días en un hotel todo incluido en Huatulco, vuelo incluido.

Me miró horrorizada.

—¿Qué hiciste?

—Mandarla de vacaciones.

—¿Y Roberto?

—Se queda.

—¿Y Mauricio?

—También.

—¡Se van a morir de hambre!

Me acerqué y bajé la voz.

—No. Van a descubrir algo mucho más aterrador.

—¿Qué?

Sonreí.

—Que la casa no se limpia sola.

Leticia empezó a reír.

Después empezó a llorar.

Y finalmente guardó el boleto en su bolsa.

El martes por la mañana tomó el avión sin decirles nada.

A las 8:17 recibí la primera llamada de Mauricio.

—¡Daniela! ¡Mi mamá desapareció!

—Se fue de vacaciones.

—¿Tú sabías?

—Sí.

Hubo un silencio.

—Bueno… entonces vente para acá.

—¿Para qué?

—Mi papá y yo no encontramos ni el café.

Y en ese instante entendí que el verdadero experimento acababa de comenzar.

Mauricio todavía no sabía que las siguientes 3 semanas iban a cambiar nuestra boda… o destruirla para siempre.