PARTE 3
El silencio duró apenas unos segundos, pero sentí que podía escuchar hasta el refrigerador trabajando en la cocina.
Doña Julia fue la primera en reaccionar.
—¿Qué estás insinuando?
—No estoy insinuando nada.
Saqué el estado de cuenta y lo puse junto a la caja del reloj.
—Quince de mayo. Transferencia por ciento cincuenta mil pesos desde mi cuenta de remodelación a la suya.
Alberto dejó el tenedor.
—Verónica…
Levanté una mano.
—Todavía no termino.
Volteé hacia mi suegra.
—Alberto me dijo que necesitaba ese dinero porque usted tenía problemas graves en la espalda y debía pagar un tratamiento especializado.
Doña Julia se tocó inmediatamente la cintura.
—¡Y sí los tengo! No sabes los dolores que sufro.
—Curiosamente, tres días después la vi caminando en tacones durante casi una hora en Plaza Galerías.
Su expresión se endureció.
—¿Me estabas siguiendo?
—No. Tuviste la mala suerte de comprar con mi dinero frente a mí.
Alberto intentó reírse.
—A ver, tampoco exageremos. Mi mamá necesitaba el tratamiento y también quería comprarme algo.
—Perfecto.
Lo miré.
—Entonces ella puede devolverme ahora mismo los ciento cincuenta mil pesos que supuestamente apartó para las terapias.
Doña Julia cruzó los brazos.
—No los traigo conmigo.
—Transferencia bancaria.
—Mi aplicación no funciona.
—Vamos al cajero.
—No tengo la tarjeta.
—Qué conveniente.
Alberto golpeó la mesa con la palma.
—¡Ya basta! Es mi cumpleaños. ¿De verdad vas a arruinar todo por dinero?
Sentí una calma extraña.
Tal vez porque llevaba veinticuatro horas imaginando esa conversación.
—No, Alberto. Tú arruinaste tu cumpleaños cuando decidiste robarme.
Se puso de pie.
—¡Yo no te robé! Somos esposos.
—El dinero estaba en una cuenta a mi nombre.
—¡Pero era para la casa!
—Exactamente. Para nuestra casa. No para comprarte un reloj.
Doña Julia se levantó también.
—Mi hijo también vive aquí. Tiene derecho.
—¿A entrar en mi banca sin permiso?
Alberto apartó la mirada.
Eso confirmó otra cosa.
—Quiero escucharlo de ti —dije—. ¿Cómo hiciste la transferencia?
—Ya sabes que a veces uso tu computadora.
—¿Tomaste mi contraseña?
—Estaba guardada.
—¿Y el código de confirmación?
No respondió.
Entonces recordé aquella mañana.
Había dejado mi teléfono cargando mientras me bañaba.
—Agarraste mi celular.
—Solo fue un momento.
—Usaste mi computadora, entraste a mi banca y tomaste mi teléfono para autorizar una transferencia de ciento cincuenta mil pesos.
—Dicho así suena peor.
Solté una pequeña carcajada.
—No, Alberto. Dicho exactamente como ocurrió suena igual de mal.
Doña Julia intervino:
—Mira, Verónica, en un matrimonio no debería existir eso de “mi dinero” y “tu dinero”.
Me volví hacia ella.
—Curioso que diga eso precisamente la persona que recibió el dinero.
—Yo solo acepté lo que mi hijo me dio.
—Y tres días después compró un reloj para devolvérselo disfrazado de regalo.
Su cara se tensó.
—Eso no puedes probarlo.
Saqué mi celular.
—¿Segura?
Abrí las capturas.
Leí en voz alta:
—“Ya compré el reloj. Mañana hago el teatro de que estuve ahorrando meses. Tú nomás sorpréndete.”
Alberto palideció.
Doña Julia miró a su hijo.
—¿Cómo consiguió eso?
—Dejaste abierto WhatsApp Web —respondí yo—. Y gracias por preguntar, porque todavía falta la mejor parte.
Deslicé la pantalla.
—“Di que dejaste de comprar medicinas para que Verónica vea cómo es una madre de verdad.”
Nadie dijo nada.
Me dolió más esa frase que los ciento cincuenta mil pesos.
Porque de pronto recordé todas las veces que aquella mujer me había comparado con ella.
Cada comida familiar terminaba igual.
“Alberto está muy flaco, Verónica.”
“Un hombre necesita que lo atiendan.”
“Yo a su papá siempre le tenía comida caliente.”
“Las mujeres de ahora solo piensan en trabajar.”
Y Alberto nunca me defendía.
Al contrario.
—Mi mamá tiene razón en algunas cosas —decía.
Yo llegaba cansada después de trabajar diez horas y todavía terminaba pagando la despensa, la hipoteca y la mayor parte de los servicios.
Mientras tanto, él quería sentirse “cabeza de familia”.
Pero aparentemente su concepto de ser cabeza consistía en administrar el dinero que yo ganaba.
Saqué otros estados de cuenta.
—También revisé los últimos dieciocho meses.
Alberto volvió a sentarse.
—¿Para qué?
—Porque quería saber si era la primera vez.
Fui colocando las hojas una tras otra.
—Cinco mil pesos en agosto.
—Eso fue una emergencia —dijo.
—Ocho mil en octubre.
—Mi mamá tenía gastos.
—Doce mil en diciembre.
—Era Navidad.
—Quince mil en febrero.
—Su refrigerador se descompuso.
—Qué raro. Porque una semana después publicó fotos desde Puerto Vallarta.
Doña Julia se puso roja.
—Una amiga me invitó.
—También la invitó a pagar el hotel con la tarjeta adicional de Alberto, supongo.
Él levantó la cabeza.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque la tarjeta está vinculada a la cuenta desde la cual yo cubría el pago mensual.
Nunca había sentido tanta claridad.
Durante años había creído que simplemente éramos malos administrando.
Había dejado de comprar ropa.
Había cancelado un viaje con mis hermanas.
Pospuse arreglarme dos muelas porque prefería guardar dinero para la remodelación.
Mientras tanto, ellos habían convertido mi esfuerzo en un fondo familiar secreto.
—En total —dije—, además del reloj, ustedes movieron setenta y tres mil cuatrocientos pesos.
Doña Julia bufó.
—Ay, por favor. Tampoco somos unos delincuentes.
—Eso lo decidirá un abogado si es necesario.
Alberto levantó la voz.
—¡No vas a meter abogados contra mi mamá!
—Depende de ustedes.
Se quedó callado.
Tomé la caja del reloj.
Él reaccionó inmediatamente.
—¿Qué haces?
—Mañana lo devolveré.
—¡Es mi regalo!
Lo miré fijamente.
—No. Es mi dinero convertido en accesorio.
Intentó tomar la caja.
La aparté.
—Ni se te ocurra.
—Verónica, dámelo.
—Si vuelves a intentar tocarlo, llamaré a seguridad del edificio para que te saquen.
