PARTE 2
—¿Correctamente cómo? —preguntó Teresa, apretando las llaves.
Abrí mi laptop.
—Con documentos.
Su expresión cambió.
—No necesitamos documentos. Somos familia.
—Precisamente por eso. Para evitar problemas familiares después.
Empecé a escribir.
Pablo se acercó lentamente.
—Vale… ¿qué estás haciendo?
—Un convenio temporal de ocupación.
Teresa soltó una carcajada.
—¡Mariana no te va a pagar renta!
—No dije que tuviera que pagarla ella.
Calculé una cantidad aproximada tomando como referencia departamentos similares de la zona.
—Renta mensual estimada: $24,000 pesos.
Teresa casi se atragantó.
—¡Estás loca!
—Podemos dejarla sin cobrar temporalmente. Pero necesito un depósito equivalente a 2 meses por cualquier daño a muebles, pisos o libros.
—¡Mariana no va a romper nada!
La miré.
—Perfecto. Entonces usted no tendrá problema en firmar como responsable solidaria.
Dejó de sonreír.
Seguí escribiendo.
—Si Mariana causa daños, multas por ruido, deudas de servicios o cualquier deterioro, usted garantiza el pago.
—Pues sí… claro —respondió, aunque ya no sonaba tan segura.
—Excelente.
Giré la computadora hacia ella.
—Y como Mariana no tiene ingresos comprobables, necesito señalar algún patrimonio del obligado solidario.
—¿Qué patrimonio?
—Su casa.
Teresa abrió los ojos.
—¿Mi casa?
—La de Tonalá.
—¡Ni se te ocurra meter mi casa!
—Pero usted acaba de decir que Mariana jamás dañaría nada. Entonces no existe ningún riesgo.
Se quedó callada.
Pasé al segundo documento.
—Ahora el coche.
—Pablo lo va a manejar.
—La idea era prestárselo a Mariana, ¿no?
—Bueno… para ayudarla.
—Entonces registraremos quién responderá por multas, deducible, daños y cualquier pérdida.
Teresa empezó a ponerse roja.
—Estás exagerando.
—De ninguna manera. De hecho, estoy protegiéndola.
Escribí otra cláusula.
—En caso de pérdida total del vehículo, la persona responsable deberá cubrir su valor.
—¿Y quién sería?
Levanté la mirada.
—Usted.
—¿Otra vez yo?
—Mariana no tiene dinero.
Pablo tuvo que cubrirse la boca para esconder una expresión que parecía peligrosamente cercana a una sonrisa.
Teresa sacó lentamente las llaves del bolsillo.
Pero yo todavía no terminaba.
Tomé el teléfono que seguía grabando.
—Solo falta dejar constancia de algo.
—¿De qué?
—De que tomó las llaves sin mi autorización.
Su rostro perdió el color.
—Tú me las diste.
—No. Están grabados los últimos minutos.
El silencio cayó sobre el departamento.
Entonces imprimí los documentos, puse una pluma sobre la mesa y la empujé hacia ella.
—Firme aquí.
Teresa miró las hojas.
Luego miró las llaves.
Después volvió a mirar la cláusula donde aparecía la dirección de su propia casa.
Yo sonreí.
—Si Mariana es tan responsable como usted dice, no tiene absolutamente nada que temer.
Mi suegra levantó la pluma.
Pero justo antes de firmar, su teléfono volvió a sonar.
Era Mariana.
Y esta vez, lo que escuchamos al otro lado reveló que el problema del departamento anterior había sido mucho peor de lo que Teresa nos había contado.
Lo que Mariana confesó segundos después hizo que hasta Pablo dejara de defender a su hermana.
