“Ni siquiera puedes pagar un abogado”, se burló mi esposo mientras su amante sonreía en pleno tribunal. Después de 5 años dedicada a nuestro hijo, todos parecían verme como una ama de casa indefensa. No discutí; simplemente coloqué 3 carpetas sobre la mesa. El juez abrió una, miró al abogado de mi esposo y preguntó: “¿De verdad no sabe quién es ella?”. Entonces mi esposo palideció. Advertisements
Hubo escritos, comparecencias y varias noches en que temí recibir una notificación de embargo.
Mientras tanto, el banco donde trabajaba Ricardo abrió una investigación interna.
Lo separaron temporalmente de funciones y, posteriormente, terminó su relación laboral con la institución.
La situación del departamento de Santa Fe se complicó cuando surgieron controversias sobre el origen de los recursos empleados en su adquisición.
Valeria dejó de vivir ahí.
Nunca volví a hablar con ella.
Con Ricardo tuve que mantener contacto por Santiago.
Nos comunicábamos principalmente por escrito y sobre asuntos concretos: horarios escolares, consultas médicas y convivencias.
El divorcio también llevó tiempo.
Finalmente alcanzamos un convenio aprobado judicialmente sobre la guarda y custodia de Santiago, el régimen de convivencia y las obligaciones alimentarias.
El inmueble de Coyoacán no se incluyó como patrimonio común para repartir, pues su adquisición anterior al matrimonio estaba documentada y su situación registral se resolvió mediante el procedimiento correspondiente.
Ricardo tuvo que enfrentar, por separado, las reclamaciones económicas y las investigaciones relacionadas con las operaciones cuestionadas.
No recuperé de golpe todos los gastos ni los meses perdidos.
Pero conservé mi casa.
Una mañana llegó la constancia registral actualizada que habíamos estado esperando.
La abrí de pie en la cocina.
La anotación que tanto miedo me había provocado ya no gravaba mi propiedad.
Llamé a Patricia para confirmar que estaba interpretando correctamente el documento.
—Ya está, Mariana —me dijo—. Puedes respirar.
Colgué y lloré.
Fue la primera vez que lloré sin intentar detenerme.
No por Ricardo.
Lloré por la mujer que había vivido durante meses convencida de que tenía que controlar cada emoción para que nadie pudiera destruirla.
Esa tarde recogí a Santiago en la escuela.
Al entrar a casa, dejó su mochila y corrió hacia el jardín.
—Mamá, ¿ya no nos vamos a mudar?
Me quedé mirándolo.
Nunca le había contado todos los detalles. Pero los niños escuchan más de lo que uno imagina.
Me arrodillé frente a él.
—No, mi amor. Esta sigue siendo nuestra casa.
Me abrazó.
—Qué bueno. Porque aquí está el árbol que plantamos.