PARTE 3
Mariana sintió que el piso de mármol desaparecía bajo sus pies.
En la carpeta había copias de los archivos filtrados, borradores de mensajes dirigidos a periodistas y una hoja de cálculo con una supuesta lista de pagos. Todo parecía preparado para demostrar que ella había vendido información a cambio de dinero.
Federico Landa se levantó lentamente, como si hubiera esperado ese momento durante semanas.
—No hace falta seguir perdiendo el tiempo —dijo—. Esta mujer entró por recomendación personal del director, tuvo acceso a información que no comprendía y decidió aprovecharse.
Mariana lo miró sin pestañear.
—¿Por qué está tan seguro de que no comprendía la información?
El consejero sonrió.
—Porque hace 4 meses servía café.
El comentario cayó sobre la sala con una violencia silenciosa. Algunos desviaron la mirada. Otros fingieron revisar sus teléfonos. Alejandro apretó la mandíbula, pero no intervino de inmediato.
Mariana comprendió entonces que el verdadero juicio no era sobre los archivos. Era sobre su origen, su color de piel, su forma de hablar y el lugar del que venía. Para varios miembros del consejo, ella había sido culpable desde el instante en que cruzó la puerta.
—Revisen las cámaras —pidió.
El jefe de seguridad informó que el sistema del piso ejecutivo había dejado de grabar entre la 1:50 y las 2:40 de la madrugada.
—Qué conveniente —murmuró Federico.
—También revisen mi acceso al edificio —insistió Mariana.
La tarjeta de Mariana aparecía registrada a las 2:03. El dato provocó un murmullo general.
—Yo estaba en casa —dijo ella—. Mi vecina puede confirmarlo.
Federico soltó una risa corta.
—Claro. Y seguramente también jurará que usted nunca ha dicho una mentira.
Alejandro levantó la mano.
—Basta.
Su voz detuvo la sala.
—Mariana queda suspendida con goce de sueldo mientras se investiga. Nadie presentará cargos hasta que tengamos pruebas verificadas.
—Eso pone en riesgo a la empresa —protestó Federico.
—Lo que pone en riesgo a la empresa es condenar a una persona antes de investigar.
Mariana agradeció la defensa, pero algo dentro de ella se quebró cuando Alejandro evitó mirarla al salir. Había dicho que no la declararía culpable, no que creyera en ella.
En el elevador, Natalia se colocó a su lado.
—Yo sí te creo.
—Tú fingiste ser tía de Emiliano para sacarlo de la cafetería.
—Y tú me descubriste en menos de 1 minuto. Por eso sé que no serías tan torpe como para guardar pruebas en una carpeta llamada “VENGANZA”.
Mariana casi sonrió, pero el miedo era más fuerte.
Esa tarde, al llegar a su departamento, encontró la puerta entreabierta. No faltaba dinero ni aparatos. Solo habían revuelto sus papeles y se habían llevado la nota que Emiliano le escribió.
En la mesa había un sobre sin remitente.
“Renuncia antes del viernes. La próxima vez no entraremos cuando estés fuera”.
Mariana llamó a Natalia y a la policía. Después marcó a Alejandro.
Él llegó 20 minutos más tarde, sin chofer ni escoltas. Al ver la puerta forzada, perdió por primera vez el control.
—Esto ocurrió porque la llevé a la empresa.
—No —respondió Mariana—. Ocurrió porque alguien cree que puede asustarme.
Alejandro quiso trasladarla a un hotel protegido, pero ella se negó hasta que aceptó llevar también a su vecina, doña Lupita, una jubilada de 68 años que había visto a un hombre rondando el pasillo.
Durante el trayecto, Alejandro recibió una llamada de Emiliano. El muchacho había oído la discusión de los adultos y exigía saber si Mariana estaba bien.
—Estoy bien, campeón —le dijo ella.
—Mi papá dice eso cuando todo está mal.
Alejandro cerró los ojos.
Emiliano guardó silencio unos segundos y luego añadió:
—La noche de la cafetería no fue la primera vez que Federico habló mal de ti.
Mariana se incorporó.
—¿Qué dijiste?
El adolescente explicó que semanas antes había escuchado a Federico discutir con Alejandro en la casa. El consejero decía que contratar a “una mesera sin apellido” convertiría a la empresa en un espectáculo. También aseguró que, si Mariana impedía la reubicación de la planta, alguien debía “recordarle cuál era su lugar”.
Alejandro palideció.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque nunca estás cuando intento hablar contigo.
La frase hirió más que cualquier acusación. Alejandro, el hombre capaz de dirigir 12,000 empleados y cerrar acuerdos internacionales en minutos, no pudo responder a su propio hijo.
Natalia rastreó la hora de creación de la carpeta. El sistema afirmaba que se había generado desde la computadora de Mariana, pero el equipo había recibido una actualización remota 6 minutos antes. Solo 4 personas tenían privilegios para ordenar ese tipo de acceso: Alejandro, Natalia, el director de seguridad y Federico.
El director de seguridad, Óscar Treviño, aseguró que su contraseña había sido robada. Sin embargo, Natalia descubrió una transferencia de 780,000 pesos a una empresa recién creada por su cuñado.
Mariana no quiso precipitarse.
—Si lo enfrentamos ahora, dirá que le robaron la identidad. Necesitamos que se mueva.
Prepararon una trampa. Alejandro anunció al consejo que un peritaje externo había recuperado registros parciales del servidor y que el responsable sería identificado en 48 horas. También informó que la compra confidencial, la misma que aparecía en los documentos filtrados, se discutiría en una sesión privada el jueves a medianoche.
La compra no existía.
Solo Alejandro, Natalia, Mariana, Federico y Óscar conocían la cita.
El jueves, las oficinas quedaron aparentemente vacías. Mariana se ocultó con dos especialistas forenses en una sala sin ventanas. Alejandro permaneció en su despacho. Natalia vigiló las conexiones y la policía cibernética esperaba una señal.
A las 11:46, la tarjeta de Óscar abrió el acceso de servicio.
A las 11:51, alguien entró al piso ejecutivo con gorra, cubrebocas y uniforme de mantenimiento.
A las 11:58, la computadora de Mariana se encendió de manera remota.
—Ya lo tenemos —susurró Natalia.
Pero el intruso no fue a la oficina de Mariana. Caminó directamente al servidor local y conectó una memoria.
La policía salió de su escondite.
El hombre intentó huir, resbaló y cayó. Cuando le retiraron el cubrebocas, todos reconocieron a Óscar Treviño.
Federico, sin embargo, no estaba allí.
Óscar pidió un abogado y se negó a hablar. La memoria contenía un programa para borrar registros, pero no demostraba quién había dado la orden.
Entonces Mariana recordó una frase que Federico repetía: “Los daños colaterales son el precio de hacer negocios”. La misma expresión aparecía en los mensajes anónimos enviados al periódico. Los peritos compararon sus correos y encontraron además varios errores de escritura idénticos.
Doña Lupita identificó al hombre que había rondado el edificio de Mariana: era el cuñado de Óscar.
Acorrallado, Óscar aceptó declarar.
Confesó que Federico le había prometido 3 millones de pesos y un puesto como director regional. El plan era sacar a Mariana de la empresa, obligar a Alejandro a renunciar por haberla contratado y aprobar después la venta de la planta de Querétaro.
La filtración no buscaba únicamente destruir a Mariana. Formaba parte de una operación para desplomar temporalmente el valor de las acciones. Federico y 2 inversionistas pensaban comprarlas mediante empresas fachada y venderlas cuando se anunciara la reubicación.
Había miles de empleos, millones de pesos y el control de Montiel Sistemas en juego.
La policía detuvo a Federico durante una cena en Polanco. Frente a cámaras y empresarios, él insistió en que todo era una mentira inventada por “una oportunista”.
Mariana estuvo presente cuando lo llevaron esposado.
