Cada vez que clonaban la plantilla podían modificar campos que debían exigir una segunda autorización.
El fraude no habría funcionado sin esa falla.
Pero tampoco habría funcionado sin mis credenciales.
Por eso Mauricio necesitaba mantenerme cerca.
Después apareció otra evidencia.
Las cámaras de seguridad de una boutique de vestidos en Polanco mostraban a Mauricio leyendo desde su teléfono uno de los códigos utilizados esa misma tarde.
Valeria estaba a su lado.
Llevaba puesto un vestido cuyo número de referencia correspondía al vestido que originalmente había sido apartado para mí.
También encontraron el comprobante de entrega.
Mi vestido había sido enviado al estudio de Mauricio bajo el concepto de “prueba de estilismo”.
No solo habían tomado el dinero.
Habían tomado proveedores, decoración, reservas y hasta elementos de mi propia boda para convertirlos en activos de una campaña comercial.
El expediente de la nueva empresa fue todavía más revelador.
Mauricio figuraba como socio.
Valeria también.
En la hoja de aportaciones, Valeria aportaba imagen pública, contratos publicitarios y contactos con marcas.
Mauricio aparecía aportando “infraestructura de eventos, acceso hotelero, respaldo financiero y certificación preferente”.
Dinero efectivo aportado por Mauricio:
Cero.
No había construido una empresa.
Había intentado fundar una usando recursos ajenos.
Después investigaron el video viral.
La agencia de relaciones públicas de Valeria había contratado una campaña días antes de que la grabación apareciera en redes.
Entre los gastos había una partida llamada “activación fuera de línea”.
El monto coincidía con el pago realizado a través de una plataforma anónima a la persona que había pintado mi puerta.
Cuando la policía confirmó la conexión, la expresión de Valeria cambió por primera vez.
Su abogado pidió un receso inmediato.
Ella afirmó que desconocía aquella táctica y responsabilizó a su equipo de comunicación.
Los investigadores no aceptaron su declaración sin comprobarla, pero sí quedó demostrado algo importante: el supuesto video espontáneo de una novia destrozada no había surgido simplemente de un invitado indignado.
Había sido promocionado deliberadamente.
Al final de la jornada, el comité anunció sus conclusiones.
Yo había cometido una falta.
Dos años antes, la empresa había actualizado su política de conflictos de interés. Aunque me había apartado de los procesos directos relacionados con el estudio de Mauricio, no había presentado la nueva declaración formal que exigía el reglamento.
No intenté justificarme.
