Mi hija y mi yerno me abandonaron junto a la tumba de mi esposa, a 305 kilómetros de casa. «Eres una carga. Vuelve caminando», me escribió él. Segundos después, mi hija añadió: «No nos esperes, papá». 💔
—Entonces, ¿qué más quieres? ¡Ya se solucionó todo!
Lo miré fijamente.
—Para ti se solucionó porque ya no necesitas que yo renuncie. Para mí todavía existe un esposo que rompió algo contra la pared para intimidarme.
Ricardo no supo qué responder.
Tres días después acepté reunirme con él en una cafetería para discutir la hipoteca.
Habíamos hablado durante casi media hora cuando me preguntó por qué estaba tan ocupada en el trabajo.
Decidí contarle la noticia que nunca había llegado a escuchar.
—Me ascendieron. Ahora dirigiré toda una división.
—¿De verdad? ¿Y cuánto te van a pagar?
—Ciento sesenta y cinco mil pesos mensuales.
Ricardo dejó la taza sobre la mesa.
Me observó en silencio.
Entonces sonrió.
—¡Mariana, eso cambia todo! Podemos liquidar el departamento, comprar otra camioneta y viajar. ¡Olvidemos el divorcio!
Sentí un vacío en el estómago.
Advertiserment —¿Y si yo ganara veinte mil pesos? ¿También cambiaría todo?
Su sonrisa desapareció.
—Pues sería diferente. No tendría sentido desperdiciar una oportunidad como la de Fernanda.
—Entonces nunca te importó lo que yo quería.
Ricardo se inclinó hacia mí.
—No exageres. Además, si insistes en divorciarte, no creas que vas a llevarte la mitad del departamento.
Sacó de su portafolio una hoja bancaria.
—Mis padres pusieron seiscientos mil pesos para el enganche. Mi mamá tiene cómo demostrarlo. Dice que, por eso, la propiedad prácticamente me pertenece.
Deslizó el comprobante hacia mí.
—Si no regresas a casa, vamos a reclamar lo que es nuestro.
Miré aquella transferencia y reconocí inmediatamente la fecha.