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Habían organizado mi vida sin consultarme.
—¿Los tres decidieron que yo debía renunciar?
—Somos una familia. Las familias se apoyan.
—Apoyar es ofrecer ayuda, Ricardo. No disponer del trabajo de otra persona.
Su expresión cambió.
—Siempre tienes que sentirte importante por trabajar frente a una computadora. Mi hermana tiene dos niños que alimentar.
Sentí ganas de sacar mi nuevo contrato y enseñarle cuánto ganaría. Pero me detuve.
¿Por qué tenía que demostrar que mi trabajo valía la pena mediante una cantidad de dinero?
—No voy a renunciar —contesté.
Ricardo tomó el azucarero que estaba sobre la mesa y lo lanzó violentamente contra la pared.
El estruendo me hizo retroceder.
Era un azucarero blanco con una pequeña franja azul que mi madre nos había regalado cuando compramos nuestro departamento.
Los pedazos quedaron esparcidos por el piso.
—¡Entonces nos divorciamos! —gritó—. ¡Y te largas a la casucha de tu madre! ¡A ver cuánto te dura esa arrogancia!
Me quedé inmóvil.
Después de unos segundos, respiré profundamente.
—Está bien. Quiero el divorcio.
Ricardo dejó de gritar.
—¿Qué dijiste?
—Que acepto divorciarme.
Para mi sorpresa, abrió un cajón y sacó una carpeta transparente.
Dentro había documentos preparados de antemano.
Uno era una propuesta de divorcio.
El otro establecía que nuestro departamento en Juriquilla quedaría exclusivamente a su nombre y que yo renunciaría a cualquier compensación.
—Firma y terminamos de una vez —ordenó.
Leí cada página.
Habíamos comprado aquella propiedad entre los dos. Durante cuatro años pagué buena parte de la hipoteca y de los gastos de la casa.
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—No firmaré esto. Primero hablaré con una abogada.
Ricardo sonrió con desprecio.
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—Mi mamá tenía razón. Sabíamos que te ibas a poner difícil.
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