Mi esposo me abandonó a punto de morir en el rancho de mi abuela y se marchó diciendo: “Ya no puedo seguir haciéndome cargo de ti”. Cuando desperté en el hospital, encontré doce llamadas suyas, pero ninguna preguntaba por mi salud. Un año después, regresó buscando reconciliarse y controlar mi herencia. Lo recibí en el mismo porche donde me había dejado, sin imaginar que una prueba podía arruinar todos sus planes…
Teresa insistía en que un matrimonio debía compartir absolutamente todo.
Una noche, incluso había mencionado que sería conveniente otorgarle a su hijo un poder para administrar la herencia.
—Así te evitas tantos trámites —me había dicho.
Yo me negué.
Estábamos casados por separación de bienes y nunca había tenido intención de vender el rancho.
Aquella negativa provocó nuestra primera discusión realmente fuerte.
Ahora empezaba a entender por qué.
Dos semanas después recibí el alta, aunque todavía necesitaba reposo.
Doña Carmen me llevó a su casa mientras recuperaba fuerzas.
Héctor seguía llamando.
Primero pidió disculpas.
Después aseguró que su madre lo había presionado.
Finalmente comenzó a amenazarme.
—Mariana, no puedes hacerme esto. Somos esposos. Lo que tienes también es mío.
—Tú me dejaste inconsciente en un lugar donde nadie vive.
—¡Ya te dije que estaba desesperado!
—¿Desesperado por mi enfermedad o por el terreno?
Guardó silencio.
Luego contestó:
—No entiendes. Si no resolvemos esto, mi mamá y yo vamos a perderlo todo.
Fue la primera vez que sentí que la verdad estaba cerca.
Esa misma tarde, el licenciado Valdés me pidió reunirnos.
Sobre su escritorio había un expediente.
La empresa constructora que pretendía adquirir las tierras había solicitado comprobar la operación antes de continuar los pagos.
Durante esa revisión descubrieron que Héctor no figuraba como propietario ni tenía poder alguno para representarme.
Entonces contactaron al abogado encargado de la sucesión.
—Mariana, su esposo firmó una promesa privada de compraventa que no estaba autorizado a celebrar —explicó Rafael—. Recibió cuatrocientos ochenta mil pesos como anticipo.