—Yo le dije que Camila era una buena muchacha.
—¿Y él?
—Dijo: “Sí, señor. Lo es”.
Eso había sido todo.
Para ellos, aparentemente, era suficiente.
Pasaron los meses.
La temporada de voleibol terminó.
Llegó la primavera y Camila comenzó a preparar sus invitaciones para la graduación.
Una noche estaba sentada frente a su computadora mientras Julián revisaba unas facturas de trabajo y yo cocinaba.
Sin decir nada, Camila giró la pantalla hacia nosotros.
Era el formulario de graduación.
Había un apartado que decía:
“Padres o tutores”.
Debajo aparecían 3 nombres.
Laura Mendoza.
Julián Mendoza.
Ernesto Salazar.
Julián dejó de revisar sus papeles.
Se quitó los lentes.
Miró la pantalla durante varios segundos.
Yo esperaba que dijera algo importante.
Algo sobre aquella noche.
Algo sobre convertirse oficialmente en parte de la vida de Camila.
En cambio, señaló la pantalla.
—Escribiste bien Salazar. Tu abuelo estará orgulloso.
Camila puso los ojos en blanco.
—Julián, sé escribir el apellido del abuelo desde primaria.
—Solo estaba verificando.
Ella sonrió.
Después presionó “Enviar”.
—Mamá, ¿ya casi está la cena? Me muero de hambre.
—5 minutos.
