Ni siquiera pude llorar.
Solo miré al médico.
Mi esposo, Daniel, estaba sentado a mi lado y me apretaba la mano con fuerza.
Y entonces el médico dijo una frase a la que ambos nos aferramos de inmediato.
«Tenemos buenas opciones de tratamiento».
Desde aquel día, toda nuestra vida giró alrededor de un único pensamiento:
Leo se recuperará.
Pasaron los meses.
Luego los años.
Hospitales, revisiones, salas de espera, buenas noticias, malas noticias.
Daniel solía sentarse junto a la cama de Leo y decirle:
«Cuando todo esto termine, los tres iremos a París».
«¿Por qué precisamente París?», le preguntaba yo.
Él sonreía.
«Porque mi hijo tiene que ver la Torre Eiffel con sus propios ojos».
