Me acusaron de robar dinero de una fundación, cambiar una joya antigua y enfermar a decenas de invitados; en pocos días quedé prácticamente en la ruina. Mi esposo me dijo: “Lo mejor es que descanses y no pienses en nada”. Yo asentí, fingí que me quedaban pocos meses de vida y dejé que todos bajaran la guardia. Entonces un empleado mencionó un brazalete secreto… y comprendí que la traición venía de mucho más cerca.

En menos de una semana, media Ciudad de México sabía que Valeria Mendoza estaba gravemente enferma.

Ella misma se encargó de que ocurriera.

Eligió una farmacia cercana a las oficinas de su empresa y fingió desmayarse justo cuando una antigua empleada entraba al lugar. La noticia corrió rápidamente entre trabajadores, proveedores y conocidos.

Mauricio llegó aparentando preocupación.

En el auto le preguntó:

—¿De verdad te quedan seis meses?

—Quizá menos.

Valeria vio cómo él apartaba la mirada para esconder una expresión que parecía satisfacción.

Después de aquello, comenzó a pasar los días en cama y a hablar cada vez menos. Mauricio dejó de verla como una amenaza.

Ese era exactamente el objetivo.

Valeria pidió autorización al investigador del caso para entrar una última vez a las oficinas de Mendoza Eventos y despedirse de sus trabajadores.

Llegó sin maquillaje, con ropa holgada y caminando lentamente.

Mauricio quiso acompañarla, pero su nombre no estaba autorizado en el acceso.

Valeria había “olvidado” incluirlo.

Dentro de su bolso llevaba dos pequeñas grabadoras.

Mientras hablaba con sus empleados, escondió una detrás de una maceta de recepción.

Citó después a cada trabajador por separado.

Nadie parecía saber nada.

Hasta que apareció Diego, un asistente joven encargado de coordinar el catering de la gala.

Días después, Diego pidió verla en una cafetería.

—Señora Valeria, hice algo estúpido.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—Dime.

—La mañana del evento alguien me ofreció treinta mil pesos para permitir que otro vehículo sustituyera la camioneta del catering.

Valeria sintió un golpe en el pecho.

—¿Aceptaste?

Diego bajó la cabeza.

—Pensé que era una broma entre competidores. Me dijeron que solo cambiarían algunas etiquetas. Después una mujer me entregó el dinero.

—¿Quién?

—Una rubia. Siempre usa un brazalete de plata con forma de serpiente.

Valeria abrió una fotografía en su teléfono.

Diego señaló inmediatamente a la mujer.

Era Patricia Cárdenas.

Su mejor amiga desde la preparatoria.

Al día siguiente Valeria creó un perfil falso y contrató a Patricia, que trabajaba como fotógrafa, para una supuesta boda.

Cuando Patricia llegó a la cafetería y vio a Valeria sentada junto a la ventana, perdió el color del rostro.

—¿Qué haces aquí? Se supone que estás…

—¿Muriéndome?

Patricia guardó silencio.

—Diego me contó lo del catering.

—Valeria, puedo explicarlo.

—Empieza.

Patricia respiró profundamente.

—Mauricio es mi medio hermano.

Valeria creyó haber escuchado mal.

El padre de Patricia había mantenido durante años otra relación y de ella había nacido Mauricio. Ambos descubrieron el parentesco poco antes de la muerte de aquel hombre.

—Mauricio me aseguró que tú tenías un amante —continuó Patricia—. Me mostró fotografías tuyas con tu director de operaciones. Dijo que quería divorciarse y que solo pretendía darte un susto para que aceptaras repartir los bienes sin pelear.

—¿Y decidiste ayudarlo a arruinarme?

Patricia comenzó a llorar.

—Nunca pensé que fueran a intoxicar gente ni a robar dinero.

Valeria no sabía si creerle.

—No le digas a Mauricio que hablamos.

Esa misma semana apareció otro problema.

Mauricio insistió en que Valeria debía consultar a un segundo neurólogo.

Así conoció al doctor Alejandro Serrano.

Alejandro revisó los estudios y frunció el ceño.

—Tus resultados no corresponden con este diagnóstico.

Valeria sintió pánico.

Pero él no la denunció.

—No sé qué estás haciendo —le dijo—, pero alguien que finge una enfermedad mortal suele estar escapando de algo peor. Cuando quieras contarme, aquí estoy.

Mientras tanto, Rodrigo, antiguo chofer de su padre, también descubrió que Valeria fingía.

Ella esperaba otro enemigo.

Encontró un aliado.

Rodrigo le reveló algo todavía más extraño: Mauricio no estaba mostrando la casa a compradores como aseguraba.

Pasaba horas allí reunido con alguien.

Una noche Valeria colocó una grabadora oculta en la cocina.

Tres días después escuchó una conversación.

—Tu esposa está generando lástima —dijo una voz desconocida—. Eso no estaba planeado.

—Está muriéndose —respondió Mauricio.

—Entonces acelera el proceso. Necesito que termine odiada, no convertida en víctima.

Valeria sintió escalofríos.

Mauricio no dirigía aquella operación.

Alguien más lo controlaba.

Poco después, la antigua contadora de su padre, Guadalupe Ortega, le entregó unos documentos.

—Tu esposo vino hace un año buscando estados financieros de hace casi treinta años.

También le dio una llave olvidada durante décadas.

Pertenecía a una caja de seguridad bancaria de su padre.

Dentro había cinco cuadernos.

Valeria comenzó a leerlos esa noche.

Y en la tercera libreta encontró un apellido que hizo que todo encajara.

Cárdenas.

El mismo apellido del padre de Patricia.

En aquellas páginas estaba escrita la historia de cómo había nacido la fortuna de los Mendoza.

Y también la razón por la que alguien estaba dispuesto a destruirla.

Cuando Valeria terminó de leer, comprendió algo terrible:

su padre no había sido la víctima de aquella vieja historia.

Había sido el culpable.

Y el hombre que estaba persiguiéndola era el hijo de la persona a la que él había arruinado.

Pero todavía faltaba descubrir lo más importante.

Porque en la última libreta había una anotación que podía cambiar el destino de todos.

PARTE 3

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