Los hijos dejaron a su madre sola en el campo y ni siquiera asistieron a su funeral.

Los hijos dejaron a su madre sola en el campo y ni siquiera asistieron a su funeral. Cuando el notario abrió su testamento tras su muerte, la decisión de la anciana dejó a todos atónitos.

Los hijos hacía tiempo que habían olvidado a su madre, que vivía sola en un pueblo de Botoșani. No la habían llamado en meses, no le habían preguntado si estaba bien y ni siquiera la habían visitado cuando falleció. Un vecino les habló del funeral. Les dijo que la acompañarían en su último viaje en dos días.
La hija mayor, Ana, decidió de inmediato no ir. Estaba en período de prácticas, tenía deudas pendientes y no le quedaba dinero. No quería gastar su último centavo en viajes ni en caridad, sobre todo porque no quería ver a familiares ni escuchar excusas. Su relación con su madre había sido fría durante años.

La segunda hija, Victoria, se enteró de la muerte de su madre cuando ya estaba en el extranjero. Acababa de registrarse en un hotel de Grecia con una amiga y estaba planeando unas vacaciones. Calculó rápidamente cuánto costaría el billete de vuelta y cuánto dinero perdería si desperdiciaba sus vacaciones. La decisión le pareció sencilla: continuar con sus vacaciones.

Su hijo, Daniel, se enteró de la noticia esa mañana durante el desayuno. La escuchó sin emoción. En teoría, podría haberse tomado unos días libres; la razón era válida. Sin embargo, el viaje había sido largo y hacía tiempo que había perdido el contacto con su madre. Ya no sentía afecto por ella ni por sus hermanas.

Poca gente asistió al funeral. Unos pocos vecinos, conocidos y antiguos compañeros de la mujer. El vecino y la joven que lo había ayudado se quedaron junto a la tumba. Ana, Victoria y Daniel no asistieron. Alguien susurró que ninguno de los niños había aparecido.