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Para recordarme a la mujer que entró en aquella oficina humillada y salió de ella con el control de su propia vida.
Un año después, finalmente viajé a París.
Sola.
Desde un balcón sobre el Sena, observé las luces reflejándose sobre el agua.
Mi teléfono estaba en silencio.
Ninguna llamada perdida.
Ninguna mentira.
Ningún hombre explicándome cuánto valía.
Levanté mi copa y susurré el único mensaje de San Valentín que Daniel merecía:
—Gracias por mostrarme quién eres realmente