Llegué tarde a la fiesta de mi cuñada y escuché a💖😰😱😥 mi marido presumir delante de todos: “Mi esposa es una mantenida, pero hoy firmará lo que yo le diga”. Su hermana se reía porque creía que pronto sería dueña de uno de nuestros restaurantes. Yo llevaba ocho años ayudándolo a construir su negocio. Solo hice una llamada a mi amiga abogada y guardé el sobre. Nadie imaginaba la deuda que estaba por salir a la luz.
—Me dijeron que pronto será el cumpleaños de su hermana. Les puedo reservar el salón privado.
—¡Perfecto! —exclamó Rodrigo, golpeándole amistosamente el hombro—. Ya sabes que nosotros somos clientes especiales.
Don Ernesto me dirigió una mirada discreta.
Yo sonreí.
Mi esposo estaba convencido de que recibíamos aquel trato porque él era dueño de dos restaurantes bastante conocidos en la ciudad.
Nunca se preguntó por qué don Ernesto me saludaba primero.
Tampoco sabía que, debajo de cada recibo que imprimían las cajas registradoras de cientos de restaurantes, aparecía una palabra pequeña.
LUNA.
Era mi apellido paterno.
Y también el nombre de la empresa que había construido antes de conocerlo.
Desarrollé un sistema que permitía administrar pedidos, inventarios, ventas y facturación. Comencé trabajando en una computadora vieja, desde el comedor de mi pequeño departamento.
Con los años, mi software terminó instalado en cafeterías, fondas, restaurantes y cadenas gastronómicas de varios estados.
Mi empresa tenía treinta y dos empleados y contratos importantes.
Pero como trabajaba desde casa, usando ropa cómoda y audífonos, mi familia política estaba convencida de que pasaba el día jugando con la computadora.
Rodrigo sabía que tenía una empresa. Incluso había recibido financiamiento de ella. Lo que nunca quiso reconocer era su verdadero tamaño.
Cuando decidió abrir su primer restaurante, ningún banco quiso prestarle lo que necesitaba.
Fui yo quien consiguió el capital.
Sin embargo, mi abogada, Valeria Montes, insistió en formalizarlo mediante un préstamo de mi empresa, con intereses, calendario de pagos y el equipo del negocio como garantía.
—El amor no sustituye los contratos, Lucía —me advirtió.
Rodrigo firmó sin leer.
Después abrió un segundo establecimiento y comenzó a presentarse como un empresario que había levantado todo desde cero.
Jamás lo desmentí públicamente.
Hasta que una mañana recibí una llamada de Felipe, nuestro director de soporte técnico.
—Lucía, tenemos un problema. Una cadena de restaurantes está investigando una compra y nos envió un reporte para verificarlo.
—¿Qué reporte?
—Supuestamente salió de nuestro sistema. Pero es falso.
Abrí el archivo.
El documento mostraba ingresos extraordinarios de uno de los restaurantes de Rodrigo, cantidades muy superiores a las que podía generar.
También incluía nuestro logotipo antiguo.
Pero lo peor apareció en el correo del comprador.
La cadena estaba negociando adquirir el negocio de Rodrigo.
Y, según los documentos, antes de venderlo, mi esposo pretendía transferir su participación a una nueva propietaria.
Karla Salgado. Mi cuñada.
La misma mujer que me había humillado por comer un pastel.