“¿Qué casa?”
Idan la miró seriamente.
"Nuestro."
Clara sonrió entre lágrimas.
“Ya no es mi hogar, cariño.”
“Para mí, sí.”Clara no volvió a trabajar en la villa.
Esa etapa de su vida había terminado.
Sin embargo, Adam hizo algo que nunca antes había hecho.
Él la ayudó a abrir un pequeño negocio de catering.
Clara siempre había cocinado para la familia.
Ahora cocinaría para sí misma.
Al principio tuvo miedo.
Entonces llegaron los primeros clientes.
Luego otros.
En menos de un año, su cocina se hizo famosa en el barrio.
Clara ya no era "la criada de los Hamilton".
Era Clara.
Una mujer que empezó desde cero.
Idan siguió visitándola todas las semanas.
Y siempre traía algo consigo.
Un dibujo.
Un libro.
Una historia que contar.
Un día, mientras Clara preparaba un pastel, Idan le preguntó:
“Clara, ¿sigues enfadada con papá?”
Permaneció en silencio durante unos segundos.
“Ya no estoy enfadado.”
"¿Por qué?"
“Porque comprendí algo.”
"¿Qué?"
“Estar herido no significa que tengas que vivir con esa herida para siempre.”
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