PARTE 2
Cuando hablé con Teresa, esperaba al menos una sorpresa.
No la hubo.
—Eres demasiado sensible, Mariana —me dijo mientras servía café de olla—. Lorena siempre ha sido así. No puedes convertir todo en una tragedia.
—No estoy hablando de una broma. Estoy hablando de años.
Teresa suspiró.
—Además, ella tiene problemas de presión. No quiero que se altere antes de mudarse.
Lorena y su esposo se irían a Querétaro en dos semanas.
Entendí el mensaje: otra vez yo debía callarme para protegerla a ella.
Durante varios días llegué a pensar que quizá exageraba.
Hasta que Daniela decidió actuar por su cuenta.
Le escribió a Patricia.
“¿Mi tía te pedía que acomodaras a mi mamá en las orillas?”
La respuesta tardó horas.
Finalmente llegó.
“Sí. A veces me pedía que Mariana quedara al extremo o atrás. Yo aceptaba porque Lorena me conseguía clientes. Me da vergüenza decirlo.”
Leí el mensaje dos veces.
—¿Ahora sí me crees? —preguntó Daniela.
—Yo nunca dejé de creerme. Solo necesitaba comprobar que no estaba imaginándolo.
Esa noche abrí mi archivo de fotografías.
Busqué cumpleaños, posadas, bodas, comidas familiares.
Encontré imágenes donde Daniela y Lorena aparecían juntas y yo había sido recortada pese a estar originalmente junto a ellas.
También encontré comentarios de Lorena en el chat familiar:
“Esta sí quedó bonita.”
“Así se ve mucho mejor.”
Siempre debajo de fotos donde yo estaba escondida o casi fuera del encuadre.
A las tres de la mañana imprimí las más evidentes.
A la mañana siguiente Arturo encontró la mesa cubierta de fotografías.
Por primera vez no dijo que estaba exagerando.
Tomó una de nuestra Navidad de hacía seis años y se quedó mirándola.
—Necesito pensar —murmuró.
Esa tarde Daniela encontró una vieja caja de fotografías de la infancia de Arturo.
Sacó una imagen.
—Mamá, mira.
Lorena tendría catorce años.
Estaba detrás de todos, encorvada, intentando ocultar su cuerpo.
Cuando Arturo volvió del trabajo y vio aquella foto, se quedó pálido.
—Me acordé de algo.
Se sentó frente a mí.
—Mi mamá hacía con Lorena lo mismo.
—¿Cómo?
—Cuando éramos adolescentes le decía que estaba engordando. Que ninguna muchacha conseguiría novio así. Lorena dejó de comer durante meses.
Sentí que la rabia se mezclaba con algo más difícil de nombrar.
Llamé inmediatamente a Teresa.
—¿Usted humillaba a Lorena por su peso?
Del otro lado hubo silencio.
—Yo solo quería que se cuidara.
—Pues ahora ella hace conmigo exactamente lo mismo.
Teresa respiró hondo.
—Eso pasó hace mucho.
—Para usted.
Dos días después llegó el mensaje al grupo familiar: habría una última cena antes de que Lorena se mudara.
Miré las fotografías impresas.
Daniela se acercó.
—¿Vas a decir algo?
Cerré la carpeta.
—Esta vez sí.
Lo que todavía ignorábamos era que Lorena no había inventado sola aquella crueldad.
Alguien se la había enseñado palabra por palabra.
