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«Ahí estaré».
Y cumplí mi palabra.
El sábado llegué al estadio municipal acompañada de Emiliano.
Las gradas estaban llenas. Había familias comiendo elotes, vendedores de refrescos y niños con gorras de sus equipos favoritos.
Durante años Joaquín había patrocinado parte del campeonato regional de béisbol. Detrás de las gradas conservaban un anuncio viejo con su nombre.
Pero aquella noche estaba cubierto por una enorme lona azul.
HIDRAPLUS. MISMO NÚMERO. MISMA CONFIANZA.
Sentí una punzada en el corazón.
Habían tapado el nombre de mi esposo antes de obtener mi consentimiento.
En una plataforma junto al campo habían colocado una mesa, varios arreglos florales y una fotografía gigantesca de Joaquín.
Era exactamente la misma imagen de su funeral.
Ricardo corrió a recibirme.
—¡Mamá, qué bueno que viniste!
Me abrazó frente a un fotógrafo.
—¿Trajiste el teléfono?
—Sí.
—Perfecto. Michelle está esperando.
Lo seguí hasta donde se encontraba una mujer de aproximadamente cincuenta años, vestida con una chamarra azul de la empresa.
Me estrechó la mano con cordialidad.
—Señora Elena, finalmente tengo el gusto de conocerla.
—Michelle, necesito hablar con usted antes de la ceremonia.
Ella miró su reloj.
—Estamos a dos minutos de comenzar. En cuanto hagamos la llamada, le prometo escucharla.
Ricardo me tomó del brazo.
—Vamos, mamá. Nos están esperando.
Subimos a la plataforma.
Patricia estaba allí con un vestido azul brillante. Rogelio sostenía una pluma elegante junto al contrato.
Los dos sonreían.
Busqué a Mateo entre el público.
Estaba sentado en la duodécima fila junto a Emiliano.
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