No podía cambiar lo que había hecho mi padre.
No podía volver al pasado y preguntarle a Peter por qué no había confiado en mí.
Y no podía obligar a Marcus a convertirse en el hombre que yo necesitaba.
Pero sí podía decidir qué haría a partir de entonces.
A la mañana siguiente, llamé a Marcus.
Contestó al segundo tono.
—¿Eleanor?
Su voz sonaba cansada.
—Sé lo de las cartas.
Se hizo el silencio.
Después escuché una respiración larga y temblorosa.
—Peter te lo ha contado.
—Sí.
—Quería decírtelo yo mismo.
—Pero no lo hiciste.
—Lo sé.
Miré el mar.
—Marcus, ¿me amaste?
—Sí —respondió inmediatamente—. Todavía te amo.
Cerré los ojos.
—Entonces, ¿por qué terminaste nuestro matrimonio en lugar de contarme la verdad?
Guardó silencio durante tanto tiempo que pensé que se había cortado la llamada.
Finalmente, dijo:
—Porque me avergonzaba. Pensaba que, cuando descubrieras que había ayudado a mantener el secreto, nunca volverías a mirarme de la misma manera.
—En una cosa tenías razón —respondí en voz baja—. Ya no te miro de la misma manera.
Lo escuché empezar a llorar.
—Pero eso no significa que todo nuestro matrimonio haya sido una mentira —continué—. Nuestra hija es real. Nuestros recuerdos son reales. El amor que compartimos fue real, aunque cometieras un error terrible.
—¿Existe alguna posibilidad de que podamos intentarlo de nuevo? —preguntó.
Cerré los ojos.
Tres semanas antes, habría dicho que sí sin dudarlo. Habría hecho cualquier cosa para que regresara a casa y nuestras vidas volvieran a parecerse a lo que yo conocía.
Pero ya no era aquella mujer.
—No lo sé, Marcus.
—Por favor, Eleanor. No quiero perderte.
