—No sabía que estaba ahí. De verdad.
—Te creo.
—Debí cuidar mejor tus cosas.
—Sí.
Respiró profundamente.
—Margarita, te traté como si fueras mi empleada.
No intenté suavizar sus palabras.
—Así fue.
Sus ojos se humedecieron.
—Cuando Enrique perdió su trabajo, me sentía avergonzada. Todos nuestros conocidos parecían tener una vida mejor que la nuestra. Y nosotros tuvimos que irnos a vivir con su mamá.
Guardó silencio unos instantes.
—Cuando él volvió a trabajar, quise demostrar que también nos estaba yendo bien. Compré ropa, la camioneta, la televisión… Organizamos viajes.
—Y fueron posponiendo la mudanza.
—Sí.
Se frotó las manos nerviosamente.
—Empecé a comportarme como si la casa fuera nuestra. Me convencí de que a ti te gustaba encargarte de todo, que te hacía sentir útil.
La miré con calma.
—Nicole, a mí me gustaba ayudar. Me encantaba prepararles algo rico a mis nietos, acompañarlos a la escuela o cocinar para todos de vez en cuando. Pero ayudar por cariño no es lo mismo que recibir órdenes.
Ella asintió.
—Ahora lo entiendo.
Se limpió una lágrima.
—Perdóname, Margarita.
Por primera vez, sus disculpas no venían acompañadas de excusas ni intentos de responsabilizar a otra persona.
—Acepto tus disculpas.
Nicole pareció respirar con alivio.
Pero añadí:
—Eso no significa que puedan volver a vivir aquí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Lo sé.
Ambas nos reímos.
Después cortamos la tarta y la comimos juntas.
Estaba un poco demasiado dulce.
Decidí no mencionarlo.
Durante el año siguiente nuestra relación mejoró gradualmente.
Enrique y Nicole empezaron a avisar antes de visitarme. Preguntaban si tenía tiempo disponible antes de pedirme que cuidara a los niños.
A veces aceptaba.
Otras veces decía que no.
Y, para mi sorpresa, el mundo no se venía abajo cada vez que me negaba.
Un sábado, Nicole llamó para preguntarme si podía quedarme con Lucía y Nicolás mientras asistían al aniversario de unos amigos.
—Hoy ya tengo planes, hija.
Hubo una pausa breve.
—Está bien, Margarita. Voy a preguntarle a mi hermana.
