—Esa noche pensé que yo les estaba abriendo mi casa. Después entendí que ustedes fueron quienes me la devolvieron.
Laura sintió que se le humedecían los ojos.
—No sé cómo agradecerte.
—Quedándote mientras quieras. No por obligación.
El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Era íntimo.
Esa madrugada Alejandro despertó antes del amanecer. Al pasar frente a la habitación de Laura y Mateo, escuchó la voz del niño.
—Mamá, ¿estás despierta?
—Ahora sí.
—¿El tío Alejandro ya es de nosotros?
Hubo una pausa.
—¿Qué significa “de nosotros”?
—Como familia.
Silencio.
—Es una persona muy importante para nosotros —respondió Laura.
—Eso no fue lo que pregunté.
Alejandro contuvo una sonrisa.
—Duérmete, Mateo.
—¿Lo quieres?
El silencio fue más largo.
Mateo habló primero:
—Cuando no contestas significa que sí.
Laura soltó una risa apagada.
—Duérmete, detective.
Alejandro bajó a la cocina.
Afuera, el cielo comenzaba a aclararse y el pequeño manzano se movía con el viento.
Los médicos le habían dado unos meses.
Habían pasado nueve.
Seguía enfermo. Seguía teniendo miedo. Pero también seguía vivo.
A las siete, Mateo apareció despeinado.
—¿Vamos a ver el manzano?
—Vamos.
Salieron juntos.
—¿Creció?
—Un poco.
—Yo lo voy a cuidar si tú te enfermas.
Alejandro tragó saliva.
—Trato hecho.
Laura salió minutos después con una taza de café. Se colocó junto a ellos, hombro con hombro con Alejandro.
Nadie dijo nada.
Alejandro había pasado décadas acumulando bodegas, locales, terrenos y cuentas. Durante años creyó que su mayor tragedia era no haber tenido hijos y que moriría dejando una casa enorme y perfectamente vacía.
Rodrigo creyó que la familia era aquello que uno heredaba.
Laura había aprendido a desconfiar de cualquiera que prometiera quedarse.
Y Mateo, con cinco años, entendió antes que todos que la familia también podía empezar en una carretera, entre dos desconocidos que tenían razones para desconfiar y aun así decidían no darse la espalda.
El manzano todavía era pequeño.
Tal vez Alejandro nunca probaría uno de sus frutos.
Tal vez sí.
Por primera vez, eso no era lo único importante.
Lo importante era que lo había plantado.
Y que el día en que le dijeron que iba a morir terminó siendo también el día en que su casa volvió a llenarse de vida.
