Después de 13 años de matrimonio, fui a la boda de mi exmarido con un compañero de trabajo fingiendo ser mi novio. Al verme, se rio delante de todos: “Nadie como él estaría contigo”. Yo no discutí. Mi acompañante solo puso una caja sobre la mesa y dijo: “Te traje un regalo”. Cuando el novio la abrió, dejó de sonreír.

Lo miró a él.

“Tú me dijiste que ella había dejado de esforzarse.”

“Porque fue así.”

“Eso no es lo que acabo de escuchar.”

Max cambió de expresión.

“Clara…”

Ella retrocedió ligeramente.

Yo reconocí algo en sus ojos.

No era arrepentimiento.

Ni solidaridad conmigo.

Era duda.

La primera grieta.

Durante un instante sentí la tentación de quedarme.

Quería escuchar lo que discutirían.

Quería saber si Clara iba a cuestionarlo.

Quería ver a Max incómodo en su propia boda.

Entonces comprendí que seguir observándolo también era otra manera de continuar girando alrededor de él.

Así que volví al salón.

Eduardo estaba metiendo el pantalón otra vez en la caja.

“¿Qué vas a hacer con eso?”

“Llevarlo al centro de donaciones.”

“Bien.”

Me miró.

“¿Sigues enojada?”

“Muchísimo.”

“Justo.”

“Me debes una.”

“Asumo que varias.”

Señalé la caja.

“Empieza sacando esos pantalones de la boda de mi exmarido.”

Eduardo la levantó.

“El mejor novio falso que has tenido.”

“El único.”

“Sigo invicto.”

Se me escapó una risa.

No porque lo hubiera perdonado.

Simplemente porque, por primera vez en toda la noche, reír no tenía nada que ver con Max.

Encontré a mis hijas cerca de la mesa de postres.

Sofía tenía betún rosa hasta en la mejilla.

Camila sostenía sus zapatos en una mano.

“Nos vamos.”

“¿Ya?”, protestó Sofía.

 

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