Después de 13 años de matrimonio, fui a la boda de mi exmarido con un compañero de trabajo fingiendo ser mi novio. Al verme, se rio delante de todos: “Nadie como él estaría contigo”. Yo no discutí. Mi acompañante solo puso una caja sobre la mesa y dijo: “Te traje un regalo”. Cuando el novio la abrió, dejó de sonreír.

Funcionó.

Clara estaba junto a él con un vestido blanco ajustado y perfecto.

Se veía hermosa.

Odié que todavía me doliera admitirlo.

Max caminó hacia nosotros.

“Así que este es tu acompañante.”

“Max, él es Eduardo.”

Eduardo le tendió la mano.

“Felicidades.”

Max lo recorrió con la mirada.

Después soltó una carcajada.

No una sonrisa incómoda.

Una carcajada.

Varias personas cercanas voltearon.

“¿Qué es tan gracioso?”, pregunté.

Max señaló a Eduardo con la copa.

“¿Él? ¿Tu novio?”

Clara tocó su brazo.

“Max, ya.”

Pero él continuó.

“No me lo creo, Verónica. Nadie como él saldría contigo.”

Sentí que el rostro me ardía.

Y entonces añadió, sonriendo:

“Dime la verdad. ¿Cuánto le pagaste?”

Durante medio segundo volví a estar en nuestro antiguo dormitorio, mirándolo cerrar aquella maleta.

Eduardo no levantó la voz.

Solo sonrió.

“En realidad, Max, yo también te traje un regalo de bodas.”

Max dejó de reír.

“¿A mí?”

“Especialmente a ti.”

Eduardo miró hacia la salida.

“Dame cinco minutos, Verónica.”

Y mientras él caminaba hacia el estacionamiento, vi aparecer otra vez aquella sonrisa triunfal en el rostro de mi exmarido.

Yo todavía no sabía que Eduardo estaba a punto de regresar con la caja que llevaba en su auto.

Parte 2: Cinco minutos después, Eduardo volvió cargando la caja de cartón.

La puso sobre una mesa vacía.

“Para el novio.”

Max rio.

 

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