Después de 13 años de matrimonio, fui a la boda de mi exmarido con un compañero de trabajo fingiendo ser mi novio. Al verme, se rio delante de todos: “Nadie como él estaría contigo”. Yo no discutí. Mi acompañante solo puso una caja sobre la mesa y dijo: “Te traje un regalo”. Cuando el novio la abrió, dejó de sonreír.

Cuando lo enfrenté, ni siquiera tuvo la decencia de parecer avergonzado.

“¿Qué esperabas, Verónica? Los hombres somos visuales. Clara se cuida. Clara sí se esfuerza.”

“¿Me engañaste porque subí de peso después de tener a tus hijas?”

Max estaba guardando camisas en una maleta.

“Antes tenías cintura. ¿Cuándo fue la última vez que te miraste de verdad al espejo?”

Aquella pregunta se quedó viviendo dentro de mí mucho después de que él se fuera.

Empecé a cambiarme de ropa tres veces antes de salir.

A esconder los brazos.

A mirar mi abdomen de perfil.

A preguntarme qué verían los demás antes de preguntarme qué veía yo.

Luego Max anunció que se casaría con Clara.

Pensé en no ir.

Pero Camila me preguntó durante semanas:

“Mamá, ¿vas a estar en la boda de papá?”

Y cada vez que intentaba responder, veía en sus ojos el miedo de tener que elegir entre nosotros.

Así que dije que sí.

Después miré otra vez la palabra “acompañante” en la invitación.

No quería llegar sola.

No porque necesitara un hombre.

Eso era lo que me repetía.

La verdad era más incómoda: quería que Max me viera con alguien y sintiera, aunque fuera durante diez segundos, que quizá se había equivocado conmigo.

Por eso el lunes siguiente me planté junto al escritorio de Eduardo, mi compañero de trabajo.

“Necesito un favor.”

Levantó la vista de la computadora.

“Esa frase casi siempre termina costándome dinero.”

“Quiero que vengas conmigo a la boda de mi exmarido.”

“¿Como apoyo emocional?”

Respiré hondo.

“Como mi novio.”

Eduardo parpadeó.

“¿Tu novio?”

“Falso. Obviamente.”

“Mucho más saludable.”

Intenté reír.

 

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