Pero nunca te respondí.
No fue porque no te amara. En aquel entonces, mi padre me dijo que, si de verdad te quería, no debía obligarte a renunciar a tus sueños por mí. Tenía miedo de que, si te escribía, regresaras y algún día me reprocharas haber sacrificado tu futuro por nuestra relación.
Así que decidí guardar silencio.
Fue el mayor error de mi vida.
