«¡Primero pagas mis 60 años y después te largas de mi mesa!», gritó mi suegra mientras una mesera retiraba mi plato frente a 24 familiares. Mi marido me ordenó callarme, aunque yo había organizado y pagado toda la fiesta. No respondí, solo me fui con el regalo. Cuando revisé una cuenta que compartíamos desde hacía cuatro años, entendí que aquella humillación no había sido casualidad. Advertisements
Simplemente recogí la bolsa donde llevaba el regalo.
—Está bien. Me voy. Y como no soy de la familia, tampoco dejaré aquí un regalo de casi treinta mil pesos.
Mi suegra abrió los ojos, indignada.
—¡Qué mujer tan corriente! ¡Mira cómo intenta humillarme en mi propio cumpleaños!
Salí mientras algunos invitados murmuraban a mis espaldas.
Afuera hacía frío.
Apenas había caminado una cuadra cuando recibí un mensaje de Daniel:
«Felicidades. Acabas de arruinarle los sesenta años a mi madre».
Lo leí tres veces.
Entonces recordé algo extraño.
Dos días antes, Teresa había exigido cambiar varios platillos por cortes de carne más caros. Yo había pagado la diferencia. Sin embargo, cuando pregunté dónde se sentaría cada invitado, me respondió que ella se encargaría personalmente.
Ahora comprendía que mi humillación había sido preparada.
Llamé al gerente del restaurante.
Le aclaré que el banquete contratado ya estaba pagado, pero que no autorizaba ningún consumo adicional con cargo a mi tarjeta.
El gerente confirmó que las bebidas y los platillos extras serían responsabilidad de quienes los solicitaran.
Aquella noche, Daniel regresó furioso.
—¡Mi mamá tuvo que pedirle prestados $21,400 pesos a la tía Ofelia para pagar los extras! ¡Vas a reembolsárselos y pedirle perdón!
—No voy a pagar por una fiesta de la que me echaron.
Mi esposo sonrió de una manera que nunca le había visto.
—Entonces prepárate, Lucía. Porque mañana vas a descubrir lo caro que puede salirte desafiar a mi madre.
Y aquella amenaza resultó mucho más grave de lo que yo imaginaba.
PARTE 2
A la mañana siguiente, el timbre sonó antes de las diez.
Era Teresa.
Entró a nuestro departamento de Zapopan sin saludarme. Daniel venía detrás de ella, con los brazos cruzados y la misma expresión de desprecio de la noche anterior.
—Vengo a resolver dos asuntos —anunció mi suegra, dejando su bolso sobre la mesa—. Primero, los $21,400 que me hiciste pagar anoche. Segundo, mi regalo.
Señaló la bolsa que todavía estaba junto a la puerta.
—Enséñame el reloj.
Lo saqué de su caja.
Teresa lo examinó detenidamente. Sus ojos brillaron al reconocer exactamente el modelo que tanto había deseado.
Pero enseguida cerró la caja.
—Pensándolo bien, prefiero que lo regreses y me entregues el dinero. Quiero comprarme unos aretes de oro con piedras. Y los veintiún mil cuatrocientos me los das aparte.
La miré incrédula.
—¿Me estás exigiendo casi cincuenta mil pesos después de echarme de tu fiesta?
—No estoy exigiendo. Estoy cobrando lo que me corresponde.