PARTE 3
Ricardo parecía haberse encogido en la silla.
—Eso me va a perseguir toda la vida.
—Espero que sí.
Lorena me miró como si aquella respuesta la hubiera golpeado.
—Adriana, estamos arrepentidos.
—¿De qué están arrepentidos? ¿De lo que hicieron o de necesitarme ahora?
Ninguno respondió.
Aquello era suficiente.
Ricardo sacó unas hojas dobladas de su chamarra.
—Mira. Traje todo. Los pagarés, los contratos, los estados de cuenta. Puedes revisar cada peso. Tú sabes de finanzas. Incluso podrías negociar la deuda.
Dejó los documentos frente a mí.
No los toqué.
—¿De verdad puedes perder todo?
Soltó una carcajada amarga.
—Ya perdí todo.
—Me dijiste que quedaban dos millones y medio.
—Sí.
—¿Y si no pagas?
Ricardo intercambió una mirada con Lorena.
—Una parte de la deuda es con un inversionista privado. Me está presionando. Me ha mandado gente a buscarme. Ya presenté una denuncia, pero estoy asustado.
Eso cambiaba algo.
No porque quisiera entregarle dinero.
Sino porque no estaba dispuesta a convertirme en lo mismo que ellos.
—¿Hay una amenaza real?
—Sí.
—Entonces mañana te acompaño con un abogado.
Ricardo parpadeó.
—¿Me vas a ayudar?
—No confundas las cosas.
Saqué mi teléfono.
—Tengo un cliente que trabaja con un despacho especializado en fraudes empresariales. Si te están amenazando, puedes actuar legalmente. También revisaré si esa deuda realmente es exigible en los términos que dices.
Una esperanza desesperada apareció en sus ojos.
—Gracias.
—No he terminado.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
—No voy a darte dos millones y medio.
Su expresión cambió.
—Adriana…
—No.
—Podría devolvértelos.
—No voy a poner en riesgo la estabilidad de Mateo.
—¿Ni siquiera prestarme una parte?
—No.
Se levantó de golpe.
—¡Puedo acabar en la calle!
Lo miré.
—Yo casi vi morir a mi hijo.
Se quedó petrificado.
—Y tú me dijiste que aprendiera a resolver mis propios problemas.
Volvió a sentarse.
Lorena habló entonces:
—¿Y yo?
—¿Qué pasa contigo?
—No tengo dónde quedarme.
—Puedes trabajar.
Su rostro se tensó.
—Llevo años sin trabajar. Nadie me contrata.
—Eso no significa que nadie te contrate. Significa que no te ofrecen el tipo de trabajo que quieres.
—Me ofrecieron empleo en una tienda.
—Entonces empieza ahí.
Lorena me miró indignada.
Por un segundo volvió aquella mujer que un año antes bebía café en la sala de Ricardo mientras me recomendaba “vivir de acuerdo con mis posibilidades”.
—Estudié diseño, Adriana.
—Perfecto. Busca trabajo de diseño.
—No tengo experiencia reciente.
—Aprende.
—Tú tienes una empresa. Podrías darme un puesto.
Negué con la cabeza.
—No contrato familiares.
—¡Soy tu hermana!
—Precisamente.
Se levantó.
—Entonces sí te estás vengando.
La miré durante varios segundos.
Ahí estaba.
La verdadera Lorena.
El arrepentimiento había durado mientras creyó que conseguiría lo que quería.
