ntht/ Mi marido recibió mi regalo, torció la boca y preguntó delante de sus padres: “¿Eso es todo? Pensé que me comprarías algo digno de un hombre exitoso”. Mi suegra remató diciendo que yo debía sentir vergüenza por tratar así al “proveedor de la casa”.

PARTE 2

—Doscientos ochenta y siete mil pesos —dije.

Ana María parpadeó.

—¿Qué?

—Eso debe Leonardo entre mis tarjetas y dos préstamos personales.

Mi suegra me miró como si hubiera hablado en otro idioma.

Leonardo se apresuró a intervenir.

—No todo es deuda. Parte de ese dinero se utilizó para proyectos.

—Entonces dime cuáles.

No respondió.

Saqué otra hoja.

—El traje italiano que estás usando esta noche: veintinueve mil pesos. Mi tarjeta.

Otra.

—Los zapatos: once mil ochocientos. Mi tarjeta.

Otra.

—El reloj que compraste en noviembre y les dijiste a tus amigos que fue un regalo que te hiciste después de cerrar “un gran contrato”: cuarenta y seis mil pesos. Mi tarjeta.

Don Vicente soltó lentamente el aire por la nariz.

Ana María me miró horrorizada.

—¿Tú le permitiste gastar todo eso?

Casi tuve que admirar su habilidad.

Acababa de descubrir que su hijo me debía cientos de miles de pesos y su primera reacción fue buscar la manera de convertirlo en responsabilidad mía.

—No, Ana María. Yo no se lo permití. Leonardo tenía una tarjeta adicional cuando todavía compartíamos gastos con normalidad. Después empezó a utilizarla para alimentar una vida que no podía pagar.

Leonardo golpeó la mesa.

—¡Ya basta!

—Todavía no.

Me puse de pie.

Había imaginado muchas veces aquella conversación.

En algunas versiones lloraba.

En otras gritaba.

Pero cuando finalmente llegó el momento, descubrí que ya no sentía rabia.

Sentía cansancio.

Un cansancio frío.

—Hace ocho meses quebró tu empresa —dije.

Su madre frunció el ceño.

—¿Qué empresa?

Leonardo cerró los ojos.

Ahí comprendí que tampoco se lo había contado a ella.

—Su consultora dejó de operar hace ocho meses. Perdieron dos clientes grandes, su socio se retiró y quedaron deudas pendientes.

—Leonardo me dijo que estaban expandiéndose —murmuró Ana María.

—Eso le dijo a todos.

Yo sí había conocido parcialmente la situación.

Leonardo me aseguró entonces que atravesaba una crisis temporal. Me pidió seis meses para reorganizarse.

Acepté.

No me molestaba apoyar económicamente a mi esposo mientras intentaba levantarse.

Lo que comenzó a destruir nuestro matrimonio fue otra cosa.

Mientras yo pagaba supermercado, mantenimiento, luz, internet, seguros y prácticamente todos los gastos del departamento, Leonardo seguía invitando tragos a sus amigos.

Subía fotos desde restaurantes caros.

Compraba ropa.

Llegaba a reuniones familiares contando que había rechazado negocios porque “no cumplían con sus estándares”.

Y cuando alguien le preguntaba cómo nos iba económicamente, decía:

—Afortunadamente puedo darle a Daniela una vida cómoda.

La primera vez pensé que había sido una frase torpe.

La segunda me irritó.

La quinta entendí que era deliberado.

Él no quería parecer un hombre atravesando una mala racha.

Quería seguir interpretando al triunfador aunque yo estuviera pagando el escenario, el vestuario y hasta las luces.

—Tu problema nunca fue quedarte sin dinero —le dije—. Tu problema fue necesitar que todos creyeran que el dinero era tuyo.

Leonardo se levantó.

—No voy a aceptar que me hables así.

—Estás en mi casa.

—Nuestra casa.

—No.

Aquella palabra cayó sobre la mesa como una piedra.

Ana María abrió mucho los ojos.

—¿Cómo que no?

Caminé hasta un pequeño mueble y saqué otra carpeta.

La escritura.

—Compré este departamento tres años antes de conocer a Leonardo. Está únicamente a mi nombre. Nunca hubo crédito compartido. Nunca hubo copropiedad.

Mi suegra volteó hacia su hijo.

La expresión de Leonardo fue suficiente.

Ella tampoco sabía aquello.

Durante años él había permitido que su familia creyera que habíamos comprado el lugar juntos.

En algunas conversaciones incluso decía “cuando elegimos este departamento” o “cuando invertimos aquí”.

Yo nunca lo había corregido porque me parecía una tontería.

Ahora entendía que cada pequeña mentira había ido construyendo la estatua delante de la cual pretendía que todos nos arrodilláramos.

—Pero él paga los gastos —insistió Ana María, ya sin tanta seguridad.

Abrí la aplicación bancaria de mi teléfono.

—¿Quiere verlos?

Don Vicente alzó una mano.

—Creo que ya quedó suficientemente claro.

Pero yo necesitaba terminar.

No por ellos.

Por mí.

—Leonardo deposita ocho mil pesos al mes para gastos comunes.

—¿Ves? —dijo mi suegra rápidamente.

—El mantenimiento, servicios, despensa y seguros cuestan entre treinta y cinco y cuarenta mil. Y desde febrero tampoco deposita esos ocho mil con regularidad.

Ana María guardó silencio.

Leonardo me miró con una mezcla de vergüenza y odio.

—Las parejas se apoyan, Daniela.

—Exactamente.

—Entonces deja de tratarme como un delincuente porque me ayudaste durante algunos meses.

—Yo no te estoy reclamando por ayudarte.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Te estoy reclamando que mientras yo te ayudaba, tú contabas que me mantenías.

Por primera vez bajó la mirada.

Pero Ana María no estaba dispuesta a rendirse.

—Los hombres tienen orgullo.

Don Vicente se giró lentamente hacia ella.

—¿Y las mujeres no?

—No estoy diciendo eso.

—Llevas media hora diciendo exactamente eso.

Ella apretó la servilleta.

—Una esposa inteligente sabe proteger la autoestima de su marido.

—¿A costa de la suya? —pregunté.

No respondió.

Don Vicente soltó una risa breve.

—Además, Ana, tú eres la última persona que debería venir a dar clases de regalos.

Ella lo miró alarmada.

—No metas nuestras cosas.

—Tú empezaste.

Se acomodó en la silla.

—Cuando regresé de una comisión de cuatro meses en el norte, ¿recuerdas qué me regalaste para mi cumpleaños?

Ana María se cruzó de brazos.

—Éramos jóvenes.

—Tres pares de calcetines y una licuadora.

Tuve que contener la risa.

—La licuadora era para la casa —protestó ella.

—Exactamente. Y nunca monté un tribunal familiar porque no me compraste un reloj suizo.

Leonardo murmuró:

—Papá, estás disfrutando esto demasiado.

Don Vicente lo miró fijamente.

—No disfruto ver que mi hijo se convirtió en un farsante.

Aquella palabra sí lo hirió.

Leonardo se puso pálido.

—¿Un farsante?

—Sí.

—Siempre has pensado que soy menos hombre porque no seguí tu carrera.

—Nunca.

La respuesta fue inmediata.

—Yo quería que fueras un hombre decente, no un soldado. Podías ser contador, chef, músico o vendedor de seguros. Me daba igual. Lo que me avergüenza es verte sentado en la casa de una mujer, gastando su dinero, mientras permites que tu madre la humille diciendo que tú eres quien la mantiene.

Ana María abrió la boca.

—Vicente…

—Tú también escucha.

Don Vicente señaló el cinturón que le había regalado.

—Llevas toda la vida poniendo coronas de cartón sobre la cabeza de Leonardo y luego enojándote cuando alguien nota que no es rey.

Nadie habló durante varios segundos.

Yo pensé que ahí terminaría todo.

Me equivoqué.

Leonardo tomó su teléfono.

—Está bien. ¿Quieren saber la verdad? Sí, tuve problemas. Sí, Daniela ha pagado más estos meses. Pero estoy a punto de levantarme otra vez.

—¿Con qué?

—Tengo una oportunidad.

—¿Cuál?

—Un nuevo negocio.

Sentí un escalofrío.

Conocía aquella frase.

—¿Cuánto necesitas?

No respondió.

—Leonardo, ¿cuánto?

—No importa.

—¿Cuánto?

—Quinientos mil.

Ana María se llevó una mano al pecho.

Yo lo miré durante unos segundos.

Entonces comprendí todo.

La amabilidad repentina de las últimas semanas.

Las cenas que preparaba.

Las flores.

Su insistencia para hablar sobre “nuestro futuro”.

Y, especialmente, una conversación que habíamos tenido cuatro días antes.

Me había sugerido solicitar un crédito con garantía sobre mi departamento.

Según él, quería remodelar la cocina y consolidar algunas deudas.

Yo había dicho que lo pensaría.

Ahora entendía que la remodelación nunca había existido.

—Querías hipotecar mi departamento.

—No hipotecarlo. Usarlo estratégicamente.

Don Vicente cerró los ojos como quien escucha una estupidez dolorosa.

—¿Para qué negocio? —pregunté.

—Una plataforma de inversión inmobiliaria.

—¿Quiénes son tus socios?

Silencio.

—¿Existe la empresa?

—Está en formación.

—¿Hay contratos?

—Todavía no.

—¿Clientes?

—Daniela…

—¿Capital?

—Precisamente por eso necesitamos el crédito.

Me reí.

No pude evitarlo.

—No existe nada.

—Sí existe.

—Existe en tu cabeza.

—¡Por eso nunca avanzo contigo! —gritó—. ¡Nunca confías en mí!

Aquello fue tan absurdo que incluso Ana María se quedó callada.

Yo llevaba meses pagando su vida.

Había absorbido sus deudas.

Había financiado sus intentos.

Y él acababa de acusarme de no confiar suficientemente porque me negaba a arriesgar la única propiedad que había comprado con mi trabajo.

Entonces llegó la frase que terminó nuestro matrimonio.

—Una esposa de verdad apostaría por su marido.

Lo observé.

Curiosamente, ya no vi al hombre con el que me había casado.

Vi a un adulto de cuarenta años esperando que otra persona financiara una nueva fantasía para poder seguir sintiéndose extraordinario.

Cerré la carpeta.

—Tienes razón.

Leonardo pareció sorprendido.

—¿Qué?

—Una esposa que quiera continuar siendo tu esposa quizá lo haría.

Me quité el anillo.

Lo dejé sobre la mesa.

—Yo ya no quiero.

Ana María se levantó.

—¡Daniela, no exageres!

—No estoy exagerando.

—¡Un matrimonio no se termina por dinero!

—Tampoco lo termino por dinero.

Miré a Leonardo.

—Lo termino por las mentiras.

Él retrocedió.

—¿Vas a divorciarte de mí por una discusión?

—No. Me divorcio porque llevo ocho meses casada con un personaje que inventaste.