PARTE 2
A las once de la mañana tenía seis llamadas perdidas.
No respondí.
A las doce y media regresé.
Había dos camionetas estacionadas frente a la casa.
Los niños de Patricia jugaban con la manguera. Raúl estaba junto al asador tomando una cerveza. Mi suegra descansaba bajo la sombra y Eduardo sacaba platos de la cocina.
Sobre la mesa había tres jitomates, dos paquetes de tortillas, una bolsa de papas y refresco.
No había carne.
Tampoco carbón.
Patricia caminó hacia mí molesta.
—¡Por fin! Llevamos casi una hora esperándote.
—Ya vi.
—Pensamos que tú comprarías la carne. El súper está cerca, ¿no?
—También estaba cerca de ustedes cuando venían para acá.
Raúl intervino.
—Ya me tomé una cerveza, así que yo no puedo manejar.
—Que maneje Patricia.
Ella abrió los ojos.
—Yo vine a descansar.
Entonces miré a todos.
—Qué curioso. Todos vinieron a descansar y, casualmente, la única que tenía que comprar, cocinar, servir y limpiar era yo.
Mi suegra se incorporó.
—Mariana, eres la anfitriona.
—No. Soy la dueña de la casa. Anfitriona sería si yo los hubiera invitado.
Se hizo un silencio incómodo.
El hijo menor de Patricia preguntó:
—¿Entonces no habrá carne?
Me agaché un poco para hablarle con tranquilidad.
—Sí habrá si tus papás van por ella.
Patricia explotó.
—¡No metas a mis hijos en tus problemas!
—Él preguntó. Yo respondí.
Eduardo tomó las llaves del coche.
—Yo voy.
—No.
Todos voltearon a verme.
—Eduardo, si tú vas, terminarás pagando con nuestra cuenta conjunta. Eso significa que la mitad sale de mi dinero.
—Luego me pagan.
Solté una risa breve.
—Eso mismo dijeron las tres veces anteriores.
Saqué el celular y mostré el grupo.
Patricia había reaccionado con un pulgar arriba al mensaje donde se comprometía a llevar la carne.
—Yo nada más marqué que lo había leído.
—Para leer existe la palomita azul. El pulgar significa “de acuerdo”.
Raúl soltó una carcajada.
—Ahí sí te atoró, Pati.
—Tú cállate. También pudiste comprarla.
Lo que siguió fue maravilloso y terrible al mismo tiempo.
Por primera vez, en lugar de reclamarme a mí, comenzaron a reclamarse entre ellos.
Mi tía política Lupita terminó ofreciendo ir al supermercado si alguien le prestaba una camioneta.
Patricia le dio las llaves.
—Pero compra carne barata.
—Y tú me transfieres —respondió Lupita.
Patricia se quedó helada.
Una hora después regresaron con carne, carbón, tortillas y hielo.
