No le dije a mi marido que me habían ascendido porque quería darle la mejor sorpresa de cumpleaños. Fui a su restaurante para reservar una mesa, pero encontré a una niña que rogaba por comida. “El dueño es mi papá”, aseguró. Me quedé callada y decidí ayudarla. Minutos después, cuando mi esposo apareció, comprendí por qué llevaba días desesperado por conseguir tres millones de pesos. Advertisements
Durante la cena, anunció que una inspección sanitaria había provocado la suspensión temporal de uno de sus negocios.
—Necesito tres millones de pesos —soltó.
Casi dejé caer el vaso.
—¿Tres millones? Ricardo, eso es prácticamente todo lo que Andrea dejó para Nicolás.
—Te los devolveré con intereses.
—Ese dinero no es mío.
Su expresión se endureció.
—Tú lo administras. No estoy pidiendo que se lo regales a un desconocido. Soy tu esposo.
Intenté explicarle que el patrimonio estaba destinado a Nicolás y que cualquier movimiento debía respetar las condiciones de su administración.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Ya estoy harto de que pongas a ese muchacho por encima de nuestro matrimonio!
Me quedé inmóvil.
Entonces pronunció una frase que jamás pude olvidar:
—Además, Lucía, ¡ni siquiera es tu hijo de verdad! No entiendo por qué te empeñas en conservar una fortuna para alguien que no lleva tu sangre.
Sentí una rabia indescriptible.
Pero lo peor ocurrió cuando miré hacia la puerta.
Nicolás estaba parado en el pasillo.
Había escuchado absolutamente todo.
Y la expresión de su rostro me hizo comprender que aquella noche nuestra familia acababa de romperse por segunda vez.
PARTE 2
Nicolás no gritó ni lloró.
Simplemente miró a Ricardo y preguntó:
—¿Así es como hablas de mí cuando crees que no estoy escuchando?
Ricardo se levantó rápidamente.
—No saques las cosas de contexto, muchacho. Estamos hablando de problemas de adultos.
—No vuelvas a llamarme muchacho como si yo fuera un extraño en mi propia casa.
Mi hijo subió a su habitación y cerró la puerta.
Aquella noche dormí en el cuarto de visitas.
Ricardo intentó disculparse al día siguiente. Dijo que estaba desesperado por sus negocios y que había hablado sin pensar. Incluso prometió llevar a Nicolás a comprar una computadora nueva.
Pero algo ya había cambiado.
El domingo, Javier pasó por Nicolás para llevarlo a Tapalpa. Cuando el muchacho salió a buscar su mochila, mi exesposo cerró discretamente la puerta de la cocina.
Javier trabajaba como policía de investigación en la Fiscalía de Jalisco.
—Lucía, necesito preguntarte algo. ¿Ricardo te ha pedido dinero últimamente?
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque hay una investigación relacionada con sus negocios. No puedo darte detalles, pero necesito que tengas cuidado.