—Mi hijo tiene su propio negocio y tú apenas ganas para pagar tus gastos. Deberías agradecer que se haya fijado en alguien como tú.
Aquello me dolió.
Durante dos años jamás le había pedido dinero a Mauricio. Incluso pagué la mitad de nuestra boda.
Pero decidí no discutir más.
—Por favor, saque la tina. Mañana podemos hablar de cómo repartir las tareas.
Su rostro enrojeció.
—¡Mauricio! ¡Ven a ver cómo me está tratando tu mujercita!
Mi esposo apareció segundos después, todavía oliendo a tequila.
—¿Qué pasa, mamá?
—¡Tu esposa se niega a ayudarme! ¡Dice que aquí nadie puede mandarla!
Le expliqué lo ocurrido.
Mauricio miró la tina y se encogió de hombros.
—Pues lávala, Elena. No te cuesta nada.
—¿Estás hablando en serio? ¡Acabamos de casarnos!
—Mi mamá ya está grande. Ahora te toca ayudarla.
—Puedo ayudar en esta casa, Mauricio, pero no voy a convertirme en la sirvienta de tu familia.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Estás en mi casa. Aquí respetas las reglas de mi madre.
—Soy tu esposa, no tu empleada.
Graciela intervino, señalándome con el dedo.
—¡Ponla en su lugar, hijo! ¡Si hoy le permites contestarte, mañana te va a controlar!
Mauricio se acercó.
—Discúlpate con mi mamá y recoge esa ropa.
—No hice nada malo.
Entonces me agarró de la muñeca.
—Te estoy hablando.
—¡Suéltame!
En lugar de soltarme, me jaló del cabello con tanta fuerza que sentí cómo varias horquillas se enterraban en mi cuero cabelludo.
Después me dio una bofetada.
Mi cabeza golpeó el costado del ropero.
Intenté apartarlo, pero volvió a pegarme.
Y mientras yo trataba de recuperar el equilibrio, mi suegra gritó algo que jamás olvidaré:
—¡Así se hace, hijo! ¡Pégale hasta que aprenda quién manda en esta familia!
Miré a Mauricio, luego la tina roja que seguía a mis pies.
Él sonrió, convencido de que ya me había sometido.
—Ahora sí, Elena. Ponte a lavar.
