Mi esposo todavía no sabía que me acababan de aumentar el sueldo a 165 mil pesos al mes cuando me soltó: “Renuncia mañana, mi hermana tiene que trabajar y tú no tienes hijos”. Tras ocho años juntos, no discutí: solo acepté su amenaza de divorcio. Entonces sacó unos papeles que revelaron que aquella conversación nunca había sido improvisada. Advertisements
—Siempre tienes que sentirte importante por trabajar frente a una computadora. Mi hermana tiene dos niños que alimentar.
Sentí ganas de sacar mi nuevo contrato y enseñarle cuánto ganaría. Pero me detuve.
¿Por qué tenía que demostrar que mi trabajo valía la pena mediante una cantidad de dinero?
—No voy a renunciar —contesté.
Ricardo tomó el azucarero que estaba sobre la mesa y lo lanzó violentamente contra la pared.
El estruendo me hizo retroceder.
Era un azucarero blanco con una pequeña franja azul que mi madre nos había regalado cuando compramos nuestro departamento.
Los pedazos quedaron esparcidos por el piso.
—¡Entonces nos divorciamos! —gritó—. ¡Y te largas a la casucha de tu madre! ¡A ver cuánto te dura esa arrogancia!
Me quedé inmóvil.
Después de unos segundos, respiré profundamente.
—Está bien. Quiero el divorcio.
Ricardo dejó de gritar.
—¿Qué dijiste?
—Que acepto divorciarme.
Para mi sorpresa, abrió un cajón y sacó una carpeta transparente.
Dentro había documentos preparados de antemano.
Uno era una propuesta de divorcio.
El otro establecía que nuestro departamento en Juriquilla quedaría exclusivamente a su nombre y que yo renunciaría a cualquier compensación.
—Firma y terminamos de una vez —ordenó.
Leí cada página.
Habíamos comprado aquella propiedad entre los dos. Durante cuatro años pagué buena parte de la hipoteca y de los gastos de la casa.
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—No firmaré esto. Primero hablaré con una abogada.
Ricardo sonrió con desprecio.
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—Mi mamá tenía razón. Sabíamos que te ibas a poner difícil.
Entonces vi la fecha del documento.
Lo habían preparado doce días antes.
Doce días antes de aquella discusión, mi esposo y su familia ya estaban planeando cómo obligarme a abandonar mi carrera y, si me negaba, quitarme el hogar que habíamos construido juntos.
Y todavía faltaba descubrir hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
PARTE 2
Mi madre abrió la puerta de su casa poco antes de las diez de la noche.
—¿Qué pasó, hija?
No pude contestar. Dejé mi maleta en el pasillo y comencé a llorar.
Cuando finalmente le conté lo sucedido, se quedó mirando la caja del pastel.