Significa quedarse cuando los demás se marchan. Escuchar cuando tienen miedo de hablar. Y confiar en ellos incluso cuando deciden salir al mundo sin que puedas estar sujetándoles la mano constantemente.
Doce años atrás, su madre nos abandonó porque no pudo aceptar la vida que nos esperaba.
Yo me quedé porque amaba a mis hijas.
Y aquel Día del Padre, doce años después, Brielle y Taryn me recordaron que todos aquellos años no habían consistido únicamente en los sacrificios que hice por ellas.
También habían consistido en todo lo que construimos juntos.
Una familia que no se rompió por la ausencia de una persona.
Una familia que no tuvo miedo de buscar la verdad.
Y un amor que nunca estuvo condicionado a que algún día pudieran caminar.
Porque mis hijas no necesitaban que les prometiera una vida perfecta.
Necesitaban saber que, pasara lo que pasara, nunca tendrían que afrontarlo solas.
Y yo sabía que esa era la promesa más importante y sincera que jamás podría hacerles.
